La profesión médica atraviesa uno de los momentos más delicados de las últimas décadas. El deterioro de nuestras condiciones laborales, la sobrecarga asistencial, las jornadas interminables y la falta de reconocimiento profesional han generado un malestar profundo y plenamente justificado. Precisamente por eso, creo que tenemos la obligación de actuar con responsabilidad, inteligencia y, sobre todo, con una estrategia sindical que permita transformar nuestras reivindicaciones en resultados.

En este contexto, el anuncio de un sindicato de nueva creación de convocar una huelga nacional del 16 al 27 de noviembre, a escasos días de las elecciones generales del 29, merece una reflexión que va mucho más allá de la oportunidad de las fechas elegidas.

La primera pregunta es tan sencilla como fundamental: ¿contra quién se convoca esta huelga y con quién se pretende negociar?

Quienes llevamos años asumiendo responsabilidades sindicales sabemos que negociar no consiste en elaborar una relación de exigencias, establecer un ultimátum y anunciar una huelga. Negociar exige conocer los mecanismos de interlocución, identificar quién tiene competencias para decidir, establecer prioridades, valorar la viabilidad jurídica y presupuestaria de las propuestas y construir una estrategia que permita alcanzar acuerdos.

Confundir la contundencia de las reivindicaciones con la solvencia negociadora es un error que puede salirle muy caro a nuestra profesión.

Una huelga sin interlocutores definidos, sin objetivos negociables y sin una estrategia reconocible corre el riesgo de convertirse en una demostración de malestar sin capacidad para transformarlo en soluciones.

Y hay otra cuestión que me preocupa especialmente: la creciente fragmentación sindical de los médicos.

Resulta paradójico que, precisamente cuando más necesaria es la unidad de la profesión, asistamos a la aparición de nuevas organizaciones que, invocando esa misma unidad, contribuyen a multiplicar las siglas, los interlocutores y las convocatorias de movilización.

La unidad no se consigue proclamándola en las redes sociales ni apropiándose de la representación de todo un colectivo. Se construye con legitimidad, trabajo, experiencia, respeto a las organizaciones existentes y, fundamentalmente, con resultados.

La división sindical no multiplica nuestra fuerza. Puede diluirla. Y quienes mejor pueden aprovechar esa dispersión son precisamente las administraciones frente a las que necesitamos mantener una posición sólida y cohesionada.

Tampoco debemos confundir la ambición reivindicativa con la falta de realismo. Todos queremos mejorar nuestras retribuciones, limitar las jornadas abusivas, garantizar descansos y conseguir un marco profesional propio. Pero unas medidas requieren reformas legislativas, otras decisiones presupuestarias y otras corresponden a administraciones distintas.

Prometer soluciones inmediatas sin explicar cómo se van a conseguir no es una estrategia de negociación. Es generar expectativas que pueden acabar transformándose en frustración.

A todo ello se añade un elemento especialmente delicado: la convocatoria coincide prácticamente con toda la campaña electoral de unas elecciones generales. ¿De verdad es este el escenario más adecuado para abrir un conflicto de semejante magnitud?

En una campaña electoral, cualquier conflicto social corre el riesgo de ser utilizado por las distintas fuerzas políticas para alimentar sus respectivos discursos. Los médicos podríamos terminar convertidos, involuntariamente, en protagonistas de una confrontación partidista que nada tiene que ver con nuestras reivindicaciones.

Y lo que sería todavía peor: que nuestras legítimas exigencias acabaran confundidas con el respaldo o el rechazo a determinadas opciones políticas.

La independencia de la profesión médica no es negociable. No podemos permitir que nuestros problemas laborales se conviertan en munición electoral ni que nuestra movilización termine al servicio de intereses ajenos a los de los médicos.

No cuestiono el derecho de nadie a convocar una huelga. Sería absurdo hacerlo desde una organización como CESM, que ha demostrado sobradamente su disposición a utilizarla cuando ha sido necesario. Pero precisamente porque conocemos el esfuerzo que supone convocar, organizar y sostener una huelga, sabemos que no puede convertirse en un fin en sí misma.

Cada movilización exige sacrificios personales, económicos y profesionales. Y cada convocatoria que no consigue sus objetivos puede erosionar la confianza de los compañeros y debilitar nuestra capacidad de presión futura.

Por eso considero que quienes anuncian una huelga tienen la obligación de explicar algo más que las fechas: qué pretenden conseguir, con quién van a negociar, qué compromisos consideran alcanzables y qué estrategia tienen para lograrlos.

Los médicos no necesitamos que nadie nos enseñe a estar indignados. Necesitamos organizaciones capaces de convertir esa indignación en acuerdos.

La profesión médica no puede permitirse que las legítimas aspiraciones de miles de compañeros se diluyan entre improvisaciones, protagonismos y estrategias sindicales enfrentadas. Nuestra fuerza reside en la unidad, nuestra credibilidad en la coherencia y nuestra capacidad de negociación en los resultados.

Porque, al final, no se trata de que unos médicos asuman el coste de parar para que otros obtengan notoriedad. Se trata de parar para que ganen quienes paran. Y esa diferencia, que algunos parecen olvidar, es la que separa una simple convocatoria de huelga de una verdadera estrategia sindical.