Decía Otto Von Bismarck que “nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería.” Cuidado que vienen elecciones y nos jugamos el futuro como profesionales y nuestra sanidad.

Los programas electorales son como los menús de los restaurantes: prometen grandes banquetes, pero lo que de verdad importa es la calidad de los ingredientes y la pericia del cocinero en la gestión diaria. Esta adaptación libre del pensamiento político clásico ilustra a la perfección el gran dilema que afronta la sanidad española en cada ciclo electoral. Durante décadas, los programas políticos se han llenado de promesas rimbombantes, planes extraordinarios y partidas presupuestarias que se anuncian a bombo y platillo. Sin embargo, la terca realidad de nuestro Sistema Nacional de Salud (SNS) demuestra que el problema no radica en la falta de ofertas en el menú, sino en una alarmante carencia de realismo, profesionalización de la gestión y, fundamentalmente, en una asfixiante politización que utiliza la salud como botín electoral en lugar de tratarla como un servicio esencial e intocable.

El principal error de las plataformas electorales actuales es abordar la crisis sanitaria desde el cortoplacismo y el efectismo. Se prometen reducciones milagrosas en las listas de espera, pero la respuesta estructural suele limitarse al parcheo estadístico —el conocido fenómeno del "maquillaje" de datos— o al abuso de las peonadas, soluciones temporales que no corrigen la inercia del sistema. Como se ha defendido firmemente a lo largo de numerosas publicaciones, un programa electoral para la sanidad que aspire a ser algo más que papel mojado debe sustentarse en verdades incómodas y reformas estructurales ineludibles. La primera de ellas es la urgente necesidad de despolitizar la sanidad. La labor de los gestores sanitarios debe reconocerse en su justo término, basándose en criterios estrictos de profesionalidad, mérito y capacidad, y no en la afinidad o el carné de un partido político. El constante cambio de directivos hospitalarios y mandos intermedios al vaivén de las elecciones destruye la continuidad organizativa y condena al SNS a una ineficiencia crónica.

Un verdadero compromiso programático debe mirar de frente a los profesionales que sostienen el sistema. La crisis y el malestar generalizado del colectivo no responden a pataletas corporativistas, sino a un abandono estructural y a una profunda apatía institucional. No se puede diseñar el futuro de la sanidad del siglo XXI manteniendo unas condiciones laborales decimonónicas. La reforma del obsoleto Estatuto Marco se ha convertido en una cortina de humo institucional que oculta el verdadero problema: la falta de una negociación real y el narcisismo de las administraciones que prefieren la confrontación antes que sentarse a escuchar. Es aquí donde los programas electorales fallan por cobardía: lo que el sistema requiere de forma inaplazable no son parches normativos generales, sino la creación y desarrollo de un Estatuto del Médico específico. La profesión médica, por su responsabilidad, su altísimo nivel de cualificación, la penosidad de sus guardias y el impacto directo de sus decisiones en la vida humana, no puede seguir encorsetada en regulaciones pensadas para el funcionariado común. Adaptar las jornadas laborales, racionalizar las guardias médicas obligatorias —con la debida prudencia para no desvestir santos— e integrar de forma efectiva al médico de familia en los procesos de hospitalización son medidas que solo cobrarán verdadero sentido bajo un marco estatutario propio que dignifique la especificidad del facultativo.

Asimismo, la sostenibilidad del sistema exige superar los dogmas ideológicos que dividen el debate político entre la pureza absoluta de lo público y la demonización de lo privado. Frente al colapso y las listas de espera, resulta imprescindible plantear sin complejos si necesitamos la colaboración público-privada para garantizar la viabilidad del SNS. La ideología no cura a los pacientes; la gestión eficiente, la ciencia y la equidad sí lo hacen. Es inviable sostener una Atención Primaria —que debería ser el verdadero pilar del sistema— si se la mantiene infrafinanciada y desbordada, obligando a los ciudadanos a recurrir a urgencias hospitalarias y colapsando el engranaje. El fortalecimiento real de la Primaria y la creación de un verdadero Plan Nacional de Salud Mental no pueden ser meros epígrafes en un folleto de campaña; deben ser el núcleo de un acuerdo de Estado, un pacto que obligue a los gobernantes a rendir cuentas ante los profesionales y la sociedad.

Por otro lado, la modernización del sistema pasa inevitablemente por la adopción de nuevas herramientas. La Inteligencia Artificial y las nuevas tecnologías no constituyen una amenaza para el ejercicio de la medicina; la verdadera amenaza es la inercia burocrática y el miedo al cambio de las propias instituciones. Un programa electoral valiente debe proponer una profunda refundación de la sanidad española, un debate abierto y sincero que aborde desde el reto demográfico del alzhéimer hasta la equidad en el acceso a los tratamientos más avanzados en cualquier rincón del país.

La sanidad española no necesita más promesas electorales vacías ni ministros que opten por la insumisión o la propaganda antes que por la gestión activa y el diálogo con el colectivo médico. El voto consciente debe otorgarse a aquellos programas que dejen a un lado el ruido mediático y se comprometan con una reforma estructural, la profesionalización de la gestión y la dignificación laboral del médico a través de su propio estatuto. Solo alejando la sanidad de la disputa partidista y devolviendo el protagonismo a la clínica y a la gestión científica podremos salvar un sistema dañado que ya no admite más demoras. Es hora de exigir que se cumpla lo prometido o, de lo contrario, exigir la dimisión de quienes demuestren incapacidad para sentarse a negociar el futuro de la salud de todos.

Intentarán mentirnos, engañarnos, hacernos promesas que alegren nuestro oído, pero seamos inteligentes y reconozcamos el engaño, que mentir no salga gratis. Votar en conciencia, votar por ideología, votar a “los tuyos”, pero pensemos en Sanidad, lo que necesitamos como profesionales, pacientes y ciudadanos en general. La oportunidad de votar solo se da cada 4 años.