Las encuestas se han convertido en una herramienta habitual para respaldar decisiones y presentar determinadas posiciones como mayoritarias. Sin embargo, no todas las encuestas permiten conocer realmente la opinión de un colectivo. Y, en ocasiones, cabe preguntarse si su verdadera finalidad es conocer lo que piensan los demás o simplemente encontrar argumentos que confirmen lo que uno ya piensa.
Cuando la participación es voluntaria, responden fundamentalmente quienes se sienten especialmente motivados por la pregunta, aquellos que tienen una opinión firme, un interés particular o una posición emocionalmente intensa sobre el asunto planteado.
Quienes no se sienten especialmente implicados, mantienen posiciones moderadas, no comparten la preocupación de quienes promueven la consulta, no se les ha invitado a participar o simplemente no consideran necesario pronunciarse suelen participar menos. Este fenómeno, conocido como SESGO DE AUTOSELECCIÓN, distorsiona considerablemente los resultados.
Y aquí reside una cuestión fundamental: una encuesta abierta no mide necesariamente lo que piensa la mayoría, sino lo que expresan quienes tienen suficiente motivación para responder.
El problema se agrava cuando estas consultas se utilizan para dar apariencia de respaldo colectivo a decisiones previamente adoptadas. Primero se fija una posición, después se formula una pregunta y finalmente se exhiben los resultados como prueba de que esa postura cuenta con el apoyo mayoritario.
Se produce así una curiosa inversión del sentido de las encuestas: en lugar de preguntar para conocer y después decidir, se decide primero y se pregunta después para encontrar una justificación.
No hace falta manipular las respuestas ni falsear los datos. Basta con aprovechar la participación de los más motivados, interpretar los porcentajes de manera interesada y omitir que una parte importante del colectivo no ha expresado su opinión.
Así, una encuesta en la que el 80 % de los participantes apoya una determinada posición no demuestra que el 80 % del colectivo piense lo mismo. Únicamente refleja lo que opinan quienes decidieron contestar. Y, por muchas respuestas que se acumulen, una muestra autoseleccionada no se convierte automáticamente en representativa.
Además, no debemos olvidar que quien promueve una encuesta también puede influir en sus resultados. La elección del momento, la forma de redactar la pregunta, los canales utilizados para difundirla y el contexto en el que se plantea pueden favorecer la participación de determinados perfiles frente a otros. Por eso, cuando una consulta coincide sospechosamente con la necesidad de justificar una decisión, conviene analizar no solo sus resultados, sino también su finalidad y su metodología.
Las encuestas voluntarias pueden ser útiles para detectar inquietudes, recoger opiniones o conocer el grado de movilización de quienes participan. Pero no deben confundirse la intensidad de la participación con la representatividad de los resultados, ni el número de respuestas con la legitimidad de una decisión.
Escuchar a quienes desean pronunciarse es positivo. Pretender que hablan en nombre de todos, sin demostrarlo, es otra cosa muy distinta.
Y quizá lo más preocupante sea que, bajo una apariencia de participación democrática, se termine utilizando la opinión de una parte del colectivo para reforzar decisiones que ya estaban tomadas, trasladando una falsa sensación de consenso.
Porque las encuestas deberían servir para conocer la realidad, no para construir una realidad a la medida de nuestras decisiones. Y cuando se pregunta buscando únicamente la confirmación de nuestras propias convicciones, corremos el riesgo de convertir una herramienta de participación en un simple mecanismo de auto justificación.
En definitiva, con este tipo de encuestas no se trata de preguntar para saber qué piensan los demás, sino de preguntar para poder decir que los demás piensan como nosotros.
