Cada 10 de octubre, el Día Mundial de la Salud Mental nos invita a hablar de ansiedad, de agotamiento o de la presión que sentimos en el trabajo y en casa. Es una conversación vital en los tiempos que corren. Sin embargo, pocas veces la conectamos con una pregunta que en Gasol Foundation consideramos esencial: ¿qué les ocurre a los niños y niñas cuando las personas adultas encargadas de su crianza viven sobrepasadas?
Este verano, tuvimos la oportunidad de publicar en la revista de salud pública Preventing Chronic Disease del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), un análisis del estudio PASOS en el que he participado junto a una treintena de investigadores e investigadoras de 21 instituciones españolas. PASOS recogió información de 3.802 niños, niñas y adolescentes de 8 a 16 años en 247 centros educativos de las 17 comunidades autónomas. En este análisis cruzamos los datos de más de mil de esos menores con el nivel de estrés percibido por la persona que más tiempo pasa con ellos en casa.
Antes de hablar de resultados conviene aclarar nuevamente una realidad. El estrés, en sí mismo, no es malo. Es un mecanismo adaptativo que nos permite afrontar retos e incluso rendir mejor, tanto a nivel intelectual como físico. El problema aparece cuando superamos lo que en psicología llamamos el pico de estrés. A partir de ahí el rendimiento cae, aparece la ansiedad y el cuerpo empieza a pagarlo con patologías físicas y un deterioro emocional. Ese es el estrés que medimos, el de quien siente que su vida es impredecible, incontrolable y sobrecargada.
Lo que encontramos es significativo. El porcentaje de obesidad entre los niños y niñas que crecen en familias con niveles altos de estrés es casi el triple. Además, estos niños y niñas perciben peor su propia condición física y cumplen menos la recomendación diaria de actividad física.
El estudio también nos habla de los adultos. Entre los padres y madres con menos estrés, casi la mitad considera que su salud es excelente o muy buena. Entre quienes viven con más estrés, menos de uno de cada cuatro. Quien cuida, cuando no está bien, también lo nota en su propio cuerpo.
Estos datos pueden contarse de una manera que considero injusta, la que pone el foco en el individuo: "los hijos de padres estresados tienen más obesidad". Prefiero otra formulación, más fiel a lo que vemos cada día, porque vivimos en entornos que generan niveles muy altos de estrés en general, y las familias que están en periodo de crianza no son la excepción. Así que el foco debe estar en el contexto, no en la culpa individual.
Lo digo porque el estrés no es igual para todos. No es lo mismo el estrés de quien tiene un trabajo exigente pero estable que el de una familia que no sabe si podrá pagar el alquiler el mes que viene. Y, más allá de las condiciones socioeconómicas de cada familia, un contexto político cada vez más marcado por el enfrentamiento genera nuevas fuentes de incertidumbre y de estrés que la sociedad también carga sobre sus hombros. Por tanto, lo último que necesitan las familias es sentirse señaladas; al contrario, los padres y cuidadores necesitan herramientas.
Tengo el privilegio de trabajar con un equipo de profesionales de la salud y la investigación que no nos sentimos ajenos a este contexto y que, entendiendo su gravedad, hemos puesto en práctica herramientas en programas con familias, tanto en primera infancia como junto a entidades sociales, escuelas o entidades deportivas que buscan aportar soluciones: para las familias y, como resultado, para la infancia. Ahora bien, los programas no bastan y por eso quiero compartir tres reflexiones.
Una reflexión para las instituciones públicas: escuchen a la ciudadanía y a la ciencia, y tomen decisiones basadas en la mejor evidencia disponible; las políticas de conciliación, de vivienda o de control de precios de los alimentos también son políticas de salud, porque afectan al bienestar psicológico de quienes están criando y educando a la generación infantil.
Otra reflexión para las escuelas, a quienes les pediría que sigan entonando la empatía recíproca con las familias y contribuyan a reducir los altos niveles de estrés a los que están expuestas. Algo tan cotidiano como el momento de dejar o recoger a los niños puede marcar la diferencia: una madre o un padre que encuentra en el colegio un entorno cercano y comprensivo se va más tranquilo a sus actividades diarias, sabiendo que deja en buenas manos lo que más quiere.
Y a las familias les diría que miren con espíritu crítico sus propias fuentes de estrés. Algunas no dependen de nosotros, pero otras sí: las agendas imposibles de actividades extraescolares, los fines de semana sin un minuto libre, el tiempo que dedicamos a las redes sociales. Vale la pena recuperar un ocio sencillo, activo, cercano, cálido y sin prisas. También vale la pena intentar que, por difícil que haya sido el día, el momento de cruzar la puerta de casa sea el momento de respirar y cambiar de ritmo. Nuestros hijos e hijas no saben nada del atasco, del jefe o de la persona que nos ha gritado en el metro, pero sí notan cómo llegamos.
Por eso, como marca el título de este artículo, quiero que recordemos lo importante que es cuidar a quienes cuidan. Recordar que el trabajo no solo “empieza en casa”, sino que empieza en cada persona y que se traslada también a las instituciones que deben priorizar el bienestar y desarrollo de toda la comunidad pero, sobre todo, de la infancia, el presente y el futuro de nuestra sociedad.
