Los que ya sumamos unas edades avanzadas (más o menos respetables) hemos vivido épocas políticas muy diferentes, desde la dictadura franquista hasta la actual e imperfecta democracia. Como decía el diputado Gabriel Rufián en el pleno del Congreso que ha tumbado los decretos de la vivienda hay partidos políticos que han cometido un error de proporciones que no son capaces de valorar en su justa medida en un contexto democrático liberal.
La ciudadanía, movilizada anímicamente ante los problemas relacionados con la vivienda, pasará factura (anímica y electoral) a quienes no han tenido la sensibilidad mínima para asumir soluciones, más o menos razonables, a un problema que afecta a capas significativas de la población.
Los políticos, los líderes y gobernantes, centrados en la estrecha visión de sus egoístas y a veces inconfesables intereses umbilicales, son incapaces de asumir que, en la medida en que deben actuar como instrumentos de la voluntad ciudadana, vienen obligados a mantener un máximo grado de sensibilidad sobre las aspiraciones colectivas.
La política general y la de salud, indefectiblemente, siguen caminos paralelos. Si el actual gobierno, al que tildan de progresista sus propios líderes y diversos medios y sectores sociales, se ha pasado 8 años “arrastrando los pies” en el ámbito de la política de vivienda siendo incapaz de generar iniciativas innovadoras hasta que la movilización popular le ha obligado a hacerlo, en el terreno de las políticas de salud ha hecho exactamente lo mismo.
Somos muchos los que llevamos años llamando la atención pública acerca de los deterioros crecientes de nuestro sistema sanitario y, en una perspectiva más amplia y transversal, de las insuficiencias y errores de las políticas de salud, de los problemas en su orientación estratégica, en la planificación y motivación de los recursos humanos del sistema, en su financiación y organización, en la política de medicamentos o en la definición de la efectividad y eficiencia de sus actuaciones.
Mirar para otro lado puede servir temporalmente para “ir tirando” mientras las contradicciones no se hacen socialmente insoportables. Sería lamentable que, tal como ha sucedido en el caso de la vivienda, tengamos que asistir a una situación semejante en el campo de la salud.
No se trata de promover el triunfo de un sector ideológico sobre otro, de los progresistas sobre los conservadores, más o menos extremos. Hablamos de la ciudadanía en general, de aquellos que, con mayor o menor capacidad de resistencia ante las agresiones y adversidades, aspiran a un nivel cada vez mejor de calidad de vida, sea en el campo de la vivienda o en el de la salud y la atención sanitaria.
En un momento en que, a nivel mundial, la imperfecta democracia liberal parece estar en una situación creciente de riesgo, las políticas sociales necesitan ser potenciadas decididamente y en este propósito la salud y la sanidad también son protagonistas ya que forman parte nuclear de los elementos capaces de aglutinar la convivencia colectiva.
