La forma de entender y evaluar la calidad asistencial ha evolucionado de manera significativa durante las últimas décadas. Buena parte de ese cambio ha consistido en ampliar progresivamente las fuentes de información utilizadas para comprender qué ocurre realmente durante la atención sanitaria. Los indicadores de actividad, los resultados clínicos y las medidas de eficiencia continúan siendo imprescindibles, aunque ya no bastan por sí solos para explicar la complejidad de unos procesos asistenciales cada vez más largos, especializados e interdependientes.

En esa evolución, la voz del paciente ha ido ocupando un espacio creciente. Primero aprendimos a preguntarle cómo evolucionaba su salud. Más tarde incorporamos su experiencia como un elemento esencial para evaluar la calidad de la atención. Aquellas dos preguntas transformaron de manera irreversible la forma de entender la calidad asistencial y consolidaron instrumentos que hoy forman parte del lenguaje habitual de cualquier organización sanitaria, como los PROMs y los PREMs.

Ese recorrido expresa un desarrollo progresivo del papel del paciente dentro de las organizaciones sanitarias. De destinatario de atención pasó a convertirse en una fuente imprescindible de información para evaluar resultados y experiencia.

La seguridad del paciente ha seguido un camino diferente. Durante años, la mejora de la seguridad clínica se ha construido principalmente a partir de los incidentes comunicados por los profesionales sanitarios. Los sistemas de notificación, el análisis de causas raíz y el desarrollo de una cultura de seguridad han permitido identificar riesgos, comprender sus causas y transformar ese conocimiento en mejoras asistenciales. Ese modelo constituye uno de los grandes avances de la calidad sanitaria contemporánea y continúa representando uno de sus principales activos.

Sin embargo, toda fuente de información ofrece una perspectiva determinada del mismo fenómeno. Los profesionales observan la asistencia desde el conocimiento clínico, la organización de los procesos y la actividad desarrollada dentro de cada unidad. Los pacientes recorren una trayectoria diferente. Atraviesan consultas, pruebas diagnósticas, hospitalización, atención domiciliaria y seguimiento ambulatorio, enlazando episodios que habitualmente pertenecen a ámbitos asistenciales distintos. Esa continuidad les permite identificar problemas de coordinación, contradicciones en la información, incidencias relacionadas con la medicación o situaciones potencialmente inseguras que solo emergen cuando el proceso se contempla en su conjunto.

La cuestión ya no consiste únicamente en reconocer el valor de esa información. La verdadera cuestión es comprender por qué ha permanecido durante tanto tiempo escasamente integrada en los sistemas de aprendizaje de nuestras organizaciones.

En ese contexto aparecen los Patient-Reported Incident Measures o PRIMs. Más que un nuevo acrónimo, representan la evolución lógica de un proceso iniciado hace años con los PROMs y los PREMs. Su finalidad consiste en recoger de forma estructurada los incidentes, errores, omisiones y situaciones de riesgo identificados por pacientes y cuidadores durante su recorrido asistencial.

Su aportación, sin embargo, trasciende la incorporación de un nuevo instrumento de medida. Los PRIMs representan el reconocimiento de que el aprendizaje sobre la seguridad clínica también puede construirse desde la experiencia de quienes reciben la atención. Ese cambio de perspectiva amplía la forma en que las organizaciones observan sus propios procesos y prepara el terreno para una nueva etapa en la transformación de la calidad asistencial.

Del incidente al aprendizaje

La incorporación de los PRIMs enriquece la capacidad de las organizaciones para aprender sobre seguridad del paciente al integrar una nueva fuente de conocimiento en sus procesos habituales de análisis y mejora.

Durante años, la seguridad clínica ha evolucionado gracias a la capacidad de transformar los incidentes comunicados por los profesionales en conocimiento útil para mejorar los procesos asistenciales. Ese modelo ha demostrado su eficacia y continúa siendo uno de los pilares de la calidad sanitaria. La incorporación de los PRIMs añade una dimensión complementaria al integrar la información aportada por quienes recorren el sistema sanitario desde una experiencia diferente.

Profesionales y pacientes observan el mismo proceso desde perspectivas complementarias. Los primeros aportan la interpretación clínica y organizativa del incidente; los segundos incorporan una visión transversal del recorrido asistencial que amplía la comprensión de los riesgos y de las oportunidades de mejora.

Ese cambio tiene implicaciones que van más allá de la seguridad clínica. También modifica la forma de entender la participación del paciente dentro de las organizaciones sanitarias. Durante años, esa participación se ha asociado principalmente a la toma compartida de decisiones, a la información clínica o a la evaluación de la experiencia asistencial. Los PRIMs incorporan una dimensión adicional al reconocer que pacientes y cuidadores también contribuyen al aprendizaje organizativo cuando comunican de forma estructurada los incidentes y situaciones de riesgo identificados durante la atención.

La experiencia acumulada con los PROMs y los PREMs había demostrado que la información aportada por los pacientes puede orientar decisiones clínicas, organizativas y estratégicas. Los PRIMs representan un paso más en esa evolución. La voz del paciente deja de contribuir únicamente a comprender cómo evoluciona su salud o cómo percibe la atención recibida y comienza a participar también en la interpretación de la seguridad del proceso asistencial.

Ese avance adquiere un significado especial en un sistema sanitario caracterizado por trayectorias cada vez más complejas. La continuidad asistencial depende de múltiples profesionales, niveles asistenciales y dispositivos que deben funcionar de forma coordinada. En ese contexto, incorporar la experiencia del paciente en el análisis de los incidentes facilita una comprensión más completa de aquellos riesgos que aparecen precisamente en los puntos de transición entre unos ámbitos y otros.

Quizá esa sea la principal aportación de esta tercera mirada. Más que incorporar un nuevo indicador, amplía la capacidad de las organizaciones para aprender. La seguridad del paciente deja de construirse exclusivamente desde la perspectiva de quienes prestan la atención y comienza a enriquecerse con el conocimiento de quienes la reciben. Esa convergencia fortalece la comprensión de los procesos asistenciales y contribuye a consolidar una cultura de seguridad basada en el aprendizaje compartido.

La incorporación de los PRIMs refleja la madurez de un modelo de calidad que ha ido ampliando progresivamente sus fuentes de conocimiento. Incorporar la experiencia de pacientes y cuidadores al aprendizaje sobre seguridad fortalece la capacidad de las organizaciones para comprender sus propios procesos y consolida una cultura de seguridad basada en el aprendizaje compartido.