En los últimos años hemos subido un escalón importante en nuestra manera de hablar de salud mental y de suicidio: Hemos empezado a mirar. Y no es poco. No se puede cuidar aquello que no se mira.

Hasta hace apenas unos años, el suicidio permaneció rodeado de silencio, miedo y estigma. Aún hoy, continúa siendo un reto pendiente. Pero ya tenemos datos, hablamos de ellos y hemos conseguido que una realidad que apenas encontraba palabras forme parte de la conversación pública.

Ese era un primer paso imprescindible, aunque no puede ser el último. Ahora necesitamos seguir mirando más allá de los números. Las estadísticas dimensionan el problema, permiten detectar desigualdades y ayudan a tomar decisiones. Pero detrás de cada cifra hay algo que ningún porcentaje puede contener: hay razones, contextos, historias y vidas concretas. Es ahí, donde necesitamos ampliar la conversación.

La vulnerabilidad es humana, pero no se reparte por igual.

Sabemos que existen circunstancias que incrementan el riesgo y que requieren una respuesta firme. Un niño que sufre acoso. Una mujer que vive una situación de violencia. Una familia atrapada en la pobreza extrema. Personas expuestas a discriminación, exclusión o violencia. Reconocer estas situaciones y actuar frente a ellas es imprescindible. Pero proteger a alguien frente a la violencia, el maltrato o la vulneración de sus derechos no debería ser el horizonte más ambicioso de una sociedad que cuida. Debería ser su punto de partida.

El problema es que entre estar bien y encontrarse en uno de esos extremos existe un territorio enorme. Y quizá no estamos atendiendo suficientemente lo que sucede en él.

Está el adolescente al que no acosan, pero al que nadie elige. La chica que no puede señalar una agresión concreta, pero lleva meses sintiendo que algo no está bien. La persona que conserva su empleo, pero vive cada mes con el temor de no llegar al siguiente. Quien tiene familia y amistades y, sin embargo, no encuentra a quién contarle que no puede más. O quien sin un motivo concreto no se encuentra bien, esto también es válido, quien pide ayuda, aunque quizá no con las palabras que hemos aprendido a reconocer como una petición de ayuda.

No siempre hay un acontecimiento extraordinario. A veces hay una acumulación de pequeñas intemperies, o nada que identificar. Y esas vidas son mucho más difíciles de encajar en una estadística, en un protocolo o en una categoría de riesgo.

No hablamos solamente de quién está expuesto a las situaciones más extremas. Hablamos también de los recursos que cada persona tiene para afrontar lo cotidiano: seguridad económica, tiempo, reconocimiento, oportunidades, acceso a ayuda y, sobre todo, vínculos. Esto, también nos protege, o en otras ocasiones, nos convierte en vulnerables.

Dos personas pueden atravesar una dificultad parecida y no atravesarla desde el mismo lugar. Una puede tener una red que pregunta, escucha y sostiene. La otra puede tener que seguir funcionando como si nada ocurriera.

Esa diferencia importa. Si existen condiciones que aumentan nuestra vulnerabilidad, también existen condiciones que nos protegen. Y muchas tienen algo en común: se construyen entre personas.

La salud mental no ocurre únicamente como un hecho individual y privado.

Se construye también en la experiencia de sentir que pertenecemos. En saber que podemos pedir ayuda sin sentirnos una carga. En ser reconocidos. En tener un lugar al que acudir cuando las cosas dejan de ir bien. En sentir que, incluso cuando no podemos sostenernos a solas, hay algo o alguien que ayuda a ello.

Y cuando hablamos de vínculos, no hablamos solamente de familia o amigos. Hablamos de cómo nos relacionamos en un colegio, en un lugar de trabajo, en un barrio o en un centro sanitario. De si somos capaces de advertir no solo cuándo alguien está sufriendo una situación extrema, sino también cuándo empieza a quedarse fuera.

Quizá prevenir sea también aprender a mirar antes.

Antes del diagnóstico. Antes de la crisis. Antes de que el sufrimiento pueda clasificarse. Antes de que alguien tenga que estar muy mal para que consideremos que tiene derecho a ser cuidado.

Por supuesto, necesitamos atención sanitaria accesible y de calidad, profesionales suficientes, detección precoz y continuidad asistencial. Pero si entendemos que una parte de nuestra salud mental se construye en las condiciones en las que vivimos y en los vínculos que establecemos, la prevención necesariamente tiene que llegar mucho antes y ser más amplia.

Llegamos antes cuando combatimos la soledad y la exclusión. Cuando construimos espacios de pertenencia. Cuando un centro educativo sabe mirar. Cuando un entorno laboral no obliga a esconder el sufrimiento. Cuando un barrio conserva lugares donde encontrarse. Cuando pedir ayuda encuentra una respuesta.

No se trata de convertir a la sociedad en experta en salud mental. Se trata de construir una sociedad que no necesite esperar a que alguien llegue al extremo para darse cuenta de que necesitaba a los y las demás. Quizá ese sea el siguiente escalón.

Hemos conseguido mirar una realidad muy compleja. Ahora necesitamos aprender a mirar también todo lo que ocurre antes, para conseguir subir el siguiente. Una sociedad que cuida la salud mental no es solamente aquella que sabe actuar cuando alguien está en riesgo. Es también aquella capaz de preguntarse cuánta soledad, cuánto miedo o cuánto desamparo estamos dispuestos a considerar normales simplemente porque todavía no caben en ninguna categoría.

Y así eso de prevenir empieza precisamente ahí, en no esperar a que una persona tenga que romperse para reconocer que necesitaba ser sostenida.