Eso de la igualdad es una gran estafa. Las mujeres hemos salido perdiendo”

Me lo dijo una paciente un día. Intenté convencerla de lo contrario. Le hablé de todo lo que las mujeres habíamos conquistado: estudiar, trabajar, tener independencia económica, desarrollar una profesión, ocupar puestos de responsabilidad, decidir sobre nuestra propia vida. Ella esperó a que terminara y después habló de sus días: trabajar y llegar a casa para seguir trabajando (hijos, padres, citas médicas, compras, comidas, colegios, cuidados y una interminable lista de cosas). Se trataba de estar siempre disponible incluso cuando ya no le quedaban fuerzas para estarlo. Casi me convenció.

Una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo es que hemos conseguido que las mujeres entren en el mundo laboral sin conseguir que dejen de cargar mayoritariamente con el mundo de los cuidados. Y aunque la sanidad conoce bien los riesgos laborales: identifica riesgos biológicos, químicos, ergonómicos y psicosociales; sabe que los turnos, las guardias, la presión asistencial y la carga emocional pasan factura; todavía le cuesta asumir que el riesgo no termina necesariamente cuando la trabajadora abandona el centro. Para muchas mujeres, entonces empieza otra jornada.

El propio Instituto Nacional de la Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST) habla de la llamada “doble presencia” con relación a las dobles exigencias laborales como un riesgo psicosocial y reconoce que determinados entornos laborales como el sanitario pueden intensificarlo. Entonces, ¿por qué seguimos tratando las responsabilidades de cuidado como si fueran un asunto completamente ajeno a la prevención laboral?

Los departamentos de Salud Laboral deberían preguntarse: ¿Estamos analizando los datos teniendo en cuenta el género cuando corresponde? ¿Estamos identificando la “doble presencia”? ¿Estamos evaluando el impacto de los turnos y horarios sobre quienes tienen responsabilidades de cuidado? ¿Estamos detectando a tiempo el agotamiento, los trastornos del sueño, la ansiedad o el dolor? ¿O seguimos interpretando todo lo que soporta una sanitaria como una consecuencia inevitable de su profesión?

En sanidad hemos convertido el sacrificio en virtud: la buena profesional no falla, cubre a los compañeros, hace una guardia más, no protesta, continúa, aunque esté agotada, sonríe, cuida, y vuelve al día siguiente. A esa capacidad de soportar la llamamos “compromiso”, “vocación”, “responsabilidad”, “resiliencia”. Pero a lo mejor deberíamos empezar a llamarla “sobrecarga” cuando se convierte en la norma. Y realmente una profesional puede ser extraordinaria y estar exhausta, puede amar su trabajo y necesitar ayuda, puede ser fuerte y no poder más. Y ninguna organización debería considerar una ventaja o un éxito que sus trabajadoras hayan aprendido a funcionar al límite. Y debemos decirlo bien alto y claro: no necesitamos mujeres más resilientes, necesitamos trabajos que no exijan resistencia permanente.

Es obvio que una prevención moderna no puede limitarse a comprobar si el puesto de trabajo cumple unas determinadas condiciones. Tiene que preguntarse y evaluar cómo esas condiciones interactúan con la vida real de quienes lo ocupan si lo que pretenden es realizar una adecuada prevención. Por eso, la perspectiva de género no debería ser un capítulo añadido a un protocolo “preexistente”.

Sabemos que nuestra sanidad es un sector profundamente feminizado y que las mujeres continúan asumiendo una parte desproporcionada de los cuidados en nuestra sociedad. Sabemos que la perspectiva de género permite detectar riesgos que una mirada neutral pasaría por alto. Por tanto, ¿por qué todavía no actuamos con suficiente contundencia? No basta con recomendar descanso, debemos preguntarnos por qué una trabajadora no puede descansar. No basta con hablar de conciliación, debemos organizar el trabajo para que esta sea posible. No basta con ofrecer talleres de bienestar, hay que revisar las condiciones que producen este malestar. No basta con pedir resiliencia, debemos dejar de construir organizaciones que necesiten mujeres resilientes hasta el agotamiento. Necesitamos que Salud Laboral empiece a cuidar de verdad la salud de las mujeres que sostienen una parte esencial de la sanidad y que las organizaciones sanitarias protejan de no enfermar.

Quizá aquella paciente tenía razón en una cosa: no basta con haber conquistado el derecho a trabajar si seguimos sin conseguir de manera justa quién cuida, quién descansa y quién sostiene. La igualdad no puede medirse solo en salarios, cargos o contratos. También se mide en horas de sueño, tiempo libre, posibilidades de cuidarse, libertad de llegar a casa cuando quieras y que cuando llegues no haya nadie que necesite algo de ti.

Y porque las mujeres somos una parte fundamental de quienes sostienen el sistema sanitario y, al mismo tiempo, una parte fundamental de quienes sostienen nuestras familias ha llegado el momento que desde Salud laboral se considere que la desigualdad también puede convertirse en un riesgo y preguntarse sin miedo ¿qué riesgos laborales implica ser mujer y trabajar en sanidad? Ningún sistema que se sostenga sobre el agotamiento de sus mujeres puede considerarse un sistema saludable.