Llevo cerca de 30 años dedicada al cuidado del ser humano como enfermera de quirófano. Si algo he aprendido durante este tiempo es que cuidar va mucho más allá de aplicar correctamente una técnica dentro del ámbito sanitario. Para mí, cuidar es un arte que empieza por reconocer nuestra propia humanidad y la de la persona que tenemos delante.

Hoy, como presidenta y coordinadora de la Fundación Caring Around the World formo a enfermeras en humanización del cuidado y gestión del estrés en países del Sur Global. La Fundación nace de un propósito común con Gilles Dallest y de mi propia experiencia, que creo que es la de muchos profesionales sanitarios: aprender a cuidarnos mientras cuidamos.

A mis 50 años me he roto y reconstruido muchas veces en mi vida. Como enfermera, tuve que aprender a cuidarme trabajando en un quirófano, rodeada de tecnología, intentando no dejar nunca de mirar a los ojos ni de poner corazón en las manos. Lo comprobé especialmente como enfermera gestora de equipos durante la crisis de la COVID-19 en un hospital de Barcelona. Cuando un sistema sanitario se ve sometido a una presión extraordinaria, llega un momento en el que no solo tenemos que preguntarnos quién necesita ser cuidado. También tenemos que mirar a quién está cuidando.

Y eso es precisamente lo que me hace pensar hoy en Ceuta.

¿Quién está hablando de los sanitarios de Ceuta?

La llegada irregular y masiva de entre 70.000 y 80.000 personas a finales de julio de 2026 ha generado una situación de emergencia que exige responder de inmediato a las necesidades básicas de miles de personas.

Pero dentro de esta crisis hay una realidad que tiene mucha menos visibilidad: la de los profesionales sanitarios que realizan la asistencia más allá de su trabajo.

El Colegio de Enfermería de Ceuta y las enfermeras que trabajan en primera línea alertan de una sobrecarga laboral, turnos extenuantes y ratios difícilmente asumibles.

Según los datos aportados por el Consejo General de Enfermería, las enfermeras están afrontando una media de 335 asistencias diarias, con picos superiores a las 1.600 intervenciones en los momentos más críticos. Hablamos de ratios de entre 14 y 16 pacientes por enfermera y de jornadas que pueden prolongarse hasta cuatro horas más de lo previsto, cuando la ratio recomendada en hospitalización general se sitúa en un máximo de seis a ocho pacientes por profesional.

No son solo cifras; son seres humanos.

Personas cansadas, sometidas a una enorme responsabilidad y que continúan atendiendo cuando física y emocionalmente están llegando al límite. A esta enorme presión asistencial se suma otro elemento que no podemos ignorar: los riesgos epidemiológicos derivados de las condiciones en las que se está desarrollando esta crisis humanitaria.

El hacinamiento y la falta de unas condiciones adecuadas de higiene están favoreciendo la aparición de diferentes patologías. Según los datos difundidos por el Colegio de Enfermería de Ceuta, se han detectado casos de gastroenteritis y sarna entre otras afecciones. Las cifras concretas difieren de las proporcionadas por las autoridades sanitarias, pero unas y otras muestran la necesidad de mantener la vigilancia epidemiológica y, sobre todo, de garantizar unas condiciones de vida dignas.

Conviene decirlo también con claridad: hablar de riesgos epidemiológicos no equivale a hablar de una epidemia. Los especialistas en salud pública han insistido en que las afecciones detectadas están relacionadas fundamentalmente con el hacinamiento y las condiciones de higiene deficientes, y no con el hecho de ser migrante.

Pero hay algo que me preocupa especialmente: ¿quién está hablando de nuestros sanitarios?

Durante la COVID-19 aprendimos a mirar a quienes estaban detrás de una mascarilla. Hablamos de agotamiento, miedo, estrés y de la necesidad de proteger a quienes nos protegían. No deberíamos necesitar otra crisis para volver a hacerlo. Entornos como los que vive hoy el sistema de salud en Ceuta someten al ser humano a normalizar un agotamiento que nos lleva directamente a la deshumanización. Hoy incluso me atrevo a decir que nos acerca a la violencia más que a la paz de la humanidad.

La vocación no elimina el cansancio y no somos héroes ni heroínas. Cuidar a los demás no puede significar olvidarnos de quienes cuidan. Eso es indigno. Es deshumanizador. ¿Queremos cuidar o queremos hacer otros actos en nombre del cuidado? Esta es la cuestión. ¿Aprendemos de estas experiencias vividas como sociedad y dentro del sistema sanitario o perpetuamos los mismos errores que contribuyen a mantener las barreras en términos de humanizar la atención sanitaria?

De Ceuta a Senegal y Perú

Soy cooperante y enfermera en países como Senegal y Perú. Por eso encuentro en Ceuta algunas similitudes que probablemente desde fuera no resulten tan evidentes.

Cuando trabajas sobre el terreno descubres situaciones que se repiten: necesidades que superan los recursos disponibles, profesionales obligados a responder en condiciones muy difíciles y personas que necesitan ser atendidas con dignidad, independientemente del lugar en el que hayan nacido.

Lo he visto en Senegal. Lo he visto en Perú. Y hoy lo estamos viendo en Ceuta.

Cuando una comunidad atraviesa una situación de gran vulnerabilidad, el sanitario se convierte en uno de sus principales puntos de apoyo. Se le exige atender, escuchar, decidir y acompañar, muchas veces con recursos insuficientes y sin disponer de espacios para gestionar lo que él mismo está viviendo.

Ahí está una de las razones de ser de Caring Around the World.

Nuestro trabajo no consiste en llegar a un territorio y decidir desde fuera qué necesita. Trabajamos con los profesionales locales en la humanización del cuidado y la gestión del estrés.

Hay que ir al terreno, escuchar activamente, conocer a sus actores y entender cómo funcionan las comunidades. Porque cooperar no debería significar sustituir. Significa acompañar, compartir conocimiento y fortalecer a las personas que permanecerán allí cuando nosotros nos marchemos. ¿Cómo? Cocreando junto a ellos.

Ayudar hoy, asegurar el mañana

Ceuta permite entender también la diferencia entre ayuda humanitaria y cooperación al desarrollo.

Ante una emergencia hay que responder con rapidez. Hay personas que necesitan asistencia, higiene, seguridad y atención sanitaria.

La cooperación al desarrollo mira a medio y largo plazo. Desde Caring Around the World trabajamos con un enfoque salutogénico, identificando no solo los problemas, sino también las capacidades que ya existen en cada comunidad para construir soluciones junto a quienes viven en ella.

Porque si queremos evitar vivir permanentemente respondiendo a crisis, debemos asegurar la generación de oportunidades en los países de origen, fortalecer sus capacidades y dignificar los cuidados.

Y mientras hacemos todo esto, hay algo que no podemos olvidar.

Los profesionales también necesitan ser cuidados

Cuando alguien está exhausto, cuando los recursos son insuficientes o cuando una situación excepcional se prolonga demasiado, no se le puede pedir que siga y no debe sentirse obligado a continuar hasta enfermar a nadie. Tampoco a las enfermeras y médicos de los centros de salud.

Desde Caring Around the World trabajamos precisamente en la humanización del cuidado y la gestión del estrés porque cuidar al profesional es algo vital.

Ceuta, Senegal y Perú son realidades diferentes, pero comparten algo profundamente humano: cuando una persona necesita ayuda, siempre habrá otra al otro lado intentando cuidarla.

Hoy quiero mirar especialmente a esas personas.

A las enfermeras, los médicos y todos los profesionales sanitarios de Ceuta que están sosteniendo una situación extraordinaria y que apenas ocupan espacio en el relato de esta crisis.

Porque quizá el primer paso para humanizar verdaderamente nuestros sistemas sanitarios sea recordar algo que olvidamos con demasiada facilidad: el sanitario también necesita ser cuidado.