Europa puede terminar construyendo uno de los mayores espacios sanitarios de datos del mundo y al mismo tiempo depender de infraestructuras y empresas de terceros países para transformar esos datos en inteligencia artificial. Esa es una de las paradojas más importantes de la transformación digital sanitaria europea. Podemos aspirar a gobernar los datos, pero todavía no controlamos en la misma medida la infraestructura necesaria para almacenarlos, procesarlos y entrenar con ellos los modelos más avanzados.
Durante los últimos años, la Unión Europea ha desarrollado un marco regulatorio extraordinariamente ambicioso en torno a los datos y la inteligencia artificial. El Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial ha ordenado los riesgos derivados de determinados sistemas de IA. El Espacio Europeo de Datos de Salud pretende facilitar el acceso, intercambio y reutilización de información sanitaria bajo reglas comunes. Y, con la propuesta del Cloud and AI Development Act (CADA), Europa empieza a mirar hacia una capa todavía más profunda, la infraestructura física y computacional sobre la que funciona todo lo anterior (1–3).
Europa puede regular los algoritmos, establecer quién puede utilizar los datos y fijar condiciones para proteger los derechos de los pacientes. Pero si una parte sustancial de la capacidad de nube, procesamiento, chips avanzados y entrenamiento de grandes modelos depende de proveedores y tecnologías no europeos, nuestra autonomía seguirá siendo limitada. La dependencia no está en que toda la infraestructura se encuentre literalmente fuera de Europa, sino en que buena parte de los eslabones estratégicos de esa infraestructura están dominados por actores de fuera de la Unión (4).
Los datos sanitarios son probablemente uno de los activos digitales de mayor valor que existen. Una historia clínica contiene información individual extraordinariamente sensible, pero millones de historias clínicas agregadas contienen conocimiento potencial.
Permiten identificar patrones epidemiológicos, mejorar sistemas diagnósticos, estudiar resultados de tratamientos, descubrir nuevas asociaciones entre enfermedades y desarrollar modelos de inteligencia artificial capaces de aprender a partir de una escala de información imposible para cualquier profesional individual.
El Espacio Europeo de Datos de Salud (EHDS) pretende precisamente facilitar esta nueva realidad. Su desarrollo permitirá durante los próximos años ampliar progresivamente la utilización de datos clínicos para asistencia, investigación, innovación y políticas sanitarias (2).
Pero hay una pregunta incómoda que deberíamos hacernos antes de celebrar el enorme potencial de ese ecosistema: ¿Quién tendrá la capacidad tecnológica para convertir esos datos en inteligencia?
Almacenar millones de radiografías no genera conocimiento por sí mismo. Tampoco disponer de millones de informes clínicos o secuencias genómicas. Para transformar esos datos en sistemas predictivos, modelos de apoyo a la decisión o inteligencia artificial generativa médica hace falta una enorme capacidad de computación: centros de datos, nube, aceleradores especializados, energía, redes y software. Y hoy una parte muy relevante de esa cadena de valor depende de compañías y tecnologías de fuera de la Unión Europea.
Los grandes proveedores globales de nube son mayoritariamente estadounidenses; la fabricación de los chips más avanzados está concentrada en muy pocos actores internacionales; y una gran parte de los modelos fundacionales más competitivos procede también de fuera de la UE. El informe Draghi ya advertía de esta vulnerabilidad: tres hyperscalers estadounidenses concentran alrededor del 65% del mercado cloud europeo y cerca del 70% de los modelos fundacionales de IA se han desarrollado en Estados Unidos. No supone necesariamente un problema mientras exista competencia, seguridad jurídica y capacidad real de elección. El riesgo aparece cuando esa dependencia deja de ser coyuntural y se convierte en estructural (4).
Europa podría acabar proporcionando uno de los activos más valiosos —los datos sanitarios de cientos de millones de ciudadanos— mientras buena parte del valor añadido se genera en la capa tecnológica encargada de transformarlos en modelos, servicios y productos de inteligencia artificial.
Durante décadas, muchos países exportaron materias primas y posteriormente importaron productos elaborados con un valor económico muy superior. La economía digital puede reproducir una lógica parecida: aportar los datos y comprar después la capacidad tecnológica y los algoritmos necesarios para extraerles valor.
El problema es que esta vez la materia prima no es petróleo, litio ni gas. Son nuestras enfermedades, nuestras pruebas diagnósticas y nuestras historias clínicas. Aquí adquiere pleno sentido CADA, la iniciativa europea que pretende aumentar la capacidad de centros de datos y computación para inteligencia artificial dentro de Europa, facilitar nuevas inversiones y reforzar la soberanía tecnológica. En el ámbito sanitario, su importancia puede terminar siendo mucho mayor de lo que inicialmente parece. Porque soberanía digital no significa únicamente que los servidores estén físicamente instalados dentro de las fronteras europeas. Significa disponer de capacidad suficiente para desarrollar tecnología propia, evitar dependencias críticas, garantizar alternativas y mantener la posibilidad de decidir sobre infraestructuras que pueden llegar a ser tan esenciales para un sistema sanitario como hoy lo son sus hospitales o sus redes eléctricas (3,5).
La autonomía sanitaria europea no debería consistir en cerrar fronteras digitales ni en intentar construir una tecnología autárquica. La ciencia y la medicina siempre han avanzado mediante cooperación internacional. Cooperar desde la dependencia no es lo mismo que cooperar desde la capacidad. Europa debe seguir trabajando con las mejores empresas tecnológicas del mundo y utilizar las mejores infraestructuras disponibles, pero también debe garantizar una capacidad propia suficiente para no quedar excluida de las decisiones fundamentales.
En los próximos años confluirán varias transformaciones. El EHDS permitirá movilizar cantidades crecientes de información sanitaria. El AI Act condicionará el desarrollo y la utilización de determinados sistemas de inteligencia artificial. Los nuevos modelos fundacionales integrarán texto clínico, imágenes, genómica y señales procedentes de dispositivos médicos. Y todo ello exigirá una infraestructura de computación gigantesca (1, 2, 5).
Europa está intentando construir una soberanía sanitaria digital. Para conseguirla tendrá que disponer de excelentes datos sanitarios, pero no bastará si carecemos de capacidad suficiente para transformarlos en inteligencia con tecnología propia o bajo un control efectivo. En la medicina que viene, la soberanía sobre los datos y la soberanía sobre la infraestructura tendrán que avanzar juntas.
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Referencias
1. Reglamento (UE) 2024/1689 del Parlamento Europeo y del Consejo, de 13 de junio de 2024, por el que se establecen normas armonizadas en materia de inteligencia artificial (AI Act). EUR-Lex. Enlace
2. Reglamento (UE) 2025/327 del Parlamento Europeo y del Consejo, de 11 de febrero de 2025, relativo al Espacio Europeo de Datos de Salud (EHDS). EUR-Lex. Enlace
3. European Commission. Proposal for the Cloud and AI Development Act (CADA). 3 June 2026. Enlace
4. Draghi M. The future of European competitiveness: In-depth analysis and recommendations. European Commission, 2024. El informe señala que tres hyperscalers estadounidenses concentran alrededor del 65% del mercado cloud europeo y que cerca del 70% de los modelos fundacionales de IA se han desarrollado en EEUU. Enlace
5. European Commission. AI Factories and AI Gigafactories. Infraestructura europea de supercomputación y capacidad de entrenamiento de modelos avanzados de IA. Enlace
