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Cada verano, la publicación del llamado Ranking de Shanghái provoca una mezcla bastante previsible de satisfacción, preocupación y críticas metodológicas. Probablemente todas estén justificadas. Los rankings universitarios son imperfectos, reducen realidades extraordinariamente complejas a unos pocos indicadores y nunca deberían confundirse con una medida absoluta de la calidad de una universidad. Pero tampoco resulta sensato ignorarlos: influyen en reputación, captación de estudiantes y profesores, colaboraciones internacionales y, en ocasiones, incluso en decisiones sobre becas y movilidad académica.

La edición 2026 del Academic Ranking of World Universities (ARWU) deja una fotografía poco confortable para España. Treinta universidades españolas aparecen entre las primeras 1.000, frente a 36 en 2025 y 38 en 2024; hace aproximadamente cinco años eran alrededor de 40. La Universitat de Barcelona, situada entre los puestos 151-200, es la única española entre las doscientas primeras. La Autónoma de Barcelona y la Complutense de Madrid están entre 201-300, mientras que Autónoma de Madrid, Granada, País Vasco y Valencia se sitúan en 301-400. Hay excepciones positivas ya que algunas universidades mejoran, pero la tendencia agregada merece atención.

Conviene saber, antes de alarmarnos, qué mide Shanghái. No mide directamente la calidad de las clases, la satisfacción de los estudiantes ni la capacidad de formar buenos médicos, ingenieros o juristas. El 90% de su puntuación procede esencialmente de la potencia científica: premios Nobel o medallas Fields entre antiguos alumnos (10%) y profesores (20%), investigadores altamente citados (20%), publicaciones en Nature y Science (20%) y artículos indexados en Science Citation Index y Social Sciences Citation Index (20%). El 10% restante corrige el rendimiento por tamaño de la plantilla académica. Es, por tanto, mucho más un ranking de capacidad investigadora internacional que de “buena universidad” en todos sus significados. Aunque esto es igualmente importante: una Universidad con músculo investigador suele ser una Universidad con gran capacidad docente.

Esta relatividad importa. Si una universidad conserva exactamente su producción científica y otras mejoran rápidamente, descenderá. Parte del retroceso europeo se explica por la impresionante y no sorprendente expansión científica de China: en 2026 China continental tiene ya 234 universidades entre las primeras mil y 16 entre las cien primeras. Por tanto, bajar en Shanghái no equivale automáticamente a investigar peor; puede significar que otros están avanzando más deprisa.

Pero esta explicación no debería convertirse en una excusa. Cuando observamos países europeos comparables aparece una diferencia llamativa. Tomando ARWU 2025, la última edición que permite realizar de forma homogénea este recuento por tramos entre varios países europeos, la fotografía era aproximadamente esta:

Ránking ARWU 2025 de diversos países europeos.

Las diferencias resultan aún más llamativas al corregir aproximadamente por población. España, con unos 49 millones de habitantes, tenía alrededor de 1,6 universidades Top-400 por cada diez millones de habitantes; Países Bajos, con unos 18 millones, supera las 6; Suiza, con poco más de 9 millones, se aproxima a 8.

¿Por qué? La respuesta seguramente no es única. La financiación importa, aunque tampoco lo explica todo. La OCDE, en Education at a Glance 2025, calcula un gasto público de unos 11.741 dólares PPP (Paridad de Poder Adquisitivo (Purchasing Power Parity). por estudiante de educación terciaria en España, frente a 15.102 de media de la OCDE, 19.500 en Alemania y nada menos que 32.505 en Suiza. Portugal, un país con menor renta, se sitúa en 8.038. Las comparaciones presupuestarias directas entre universidades son difíciles porque investigación, hospitales, infraestructuras y salarios se contabilizan de manera diferente, pero el orden de magnitud importa: competir internacionalmente requiere laboratorios, técnicos, investigadores jóvenes, tiempo protegido y capacidad para contratar talento.

También importa cómo se selecciona ese talento. España arrastra desde hace décadas un debate incómodo sobre la endogamia universitaria. Arcadio Navarro y Ana Rivero lo plantearon ya en Nature en 2001 bajo un título difícilmente ambiguo, High rate of inbreeding in Spanish universities, y estudios posteriores han continuado analizando sus determinantes. Endogamia no significa que un candidato formado en la propia universidad sea peor; muchos serán excelentes. El problema aparece cuando el sistema favorece sistemáticamente trayectorias internas y reduce la probabilidad real de que un candidato excelente procedente de otra universidad española (o extranjera) pueda competir en igualdad de condiciones.

Se han introducido correcciones. La normativa actual exige, por ejemplo, acreditar periodos de actividad fuera de la universidad en la que se defendió la tesis, y las comisiones de determinados concursos incorporan mayor presencia externa. Son pasos razonables, pero notablemente insuficientes. Pero una universidad verdaderamente internacional debería poder buscar activamente al mejor candidato, ofrecerle condiciones competitivas y hacer atractivo que alguien formado en Cambridge, Zúrich, Boston, Barcelona o Salamanca cambie de institución.

Aquí intervienen también la rigidez administrativa, las escalas salariales, la lentitud de los procesos de contratación y una cuestión menos cuantificable: el prestigio social y profesional asociado a ser profesor universitario. Los mejores sistemas no sólo pagan salarios; ofrecen autonomía, recursos, equipos, reconocimiento, posibilidades de promoción y tiempo para investigar. En España un profesor a tiempo completo puede asumir reglamentariamente entre 120 y 240 horas docentes anuales, generalmente unas ocho horas semanales, a las que se añaden preparación, tutorías, evaluación, gestión, acreditaciones y burocracia. No es únicamente cuánto se enseña, sino cuánto tiempo queda realmente disponible para crear conocimiento.

Existe además otro tema importante. ¿Favorece Shanghái a las universidades antiguas? Indirectamente, sí; necesariamente, no. Una institución centenaria ha tenido más tiempo para acumular premios, investigadores prestigiosos, redes científicas y masa crítica. Pero ARWU reduce progresivamente el peso de premios antiguos y no concede puntos por la edad en sí misma. París-Saclay ofrece un contraejemplo interesante: creada institucionalmente en 2019 mediante la agregación de universidades, grandes écoles y centros de investigación, ocupa en 2026 el puesto 13 mundial. La lección parece ser que la historia ayuda, pero la concentración de talento y recursos puede construirse.

Tampoco deberíamos mirar exclusivamente Shanghái. QS World University Rankings concede mucha más importancia a la reputación académica, empleabilidad e internacionalización; Times Higher Education (THE) incorpora indicadores de docencia, investigación, citas, industria e internacionalización; el Leiden Ranking se concentra especialmente en bibliometría científica. Que una universidad ocupe posiciones distintas entre ellos no demuestra que alguno esté “equivocado”: demuestra que están midiendo cosas diferentes.

¿Qué hacer entonces? Probablemente algo menos espectacular que intentar “subir en los rankings”. Financiación estable y plurianual; contratación realmente abierta e internacional; movilidad obligada pero útil ( no meramente administrativa), carreras académicas previsibles; capacidad para recompensar diferencialmente la excelencia; menor burocracia; mejores condiciones para jóvenes investigadores; reconocimiento serio de la buena docencia; y concentración de recursos donde exista capacidad demostrada para producir excelencia. Francia ha utilizado fusiones y agregaciones para crear masa crítica; Alemania ha desarrollado iniciativas de excelencia; Suiza combina financiación elevada, autonomía institucional y una extraordinaria capacidad de atraer investigadores internacionales.

No se trata de copiar mecánicamente ninguno de esos modelos ni de convertir a todas las universidades en centros dedicados exclusivamente a competir por publicaciones. Una universidad tiene también responsabilidades territoriales, educativas, culturales y sociales que Shanghái simplemente no ve ni evalúa.

Pero quizá precisamente por eso conviene mirar el ranking con serenidad. El termómetro no es la enfermedad, pero romper el termómetro tampoco mejora al paciente. Si durante varios años nuestros vecinos avanzan más deprisa, la pregunta interesante no es si el ranking es perfecto. Es si estamos ofreciendo a nuestras universidades las condiciones necesarias para competir por el conocimiento y por las personas que lo generan.

Posición en el Ránking de Shanghái (ARWU 2025) y gasto público por estudiante de educación terciaria (2023/24)