En una habitación del sur de Londres hay una cama, luz regulable y música. Una persona traga cinco cápsulas que suman 25 miligramos de psilocibina, mientras un terapeuta y un acompañante clínico permanecerán a su lado seis horas. La escena parece escapada de otro lugar, mas sucedió dentro del sistema sanitario británico.

El 6 de agosto, Nature Medicine publicó el primer ensayo sobre la viabilidad de esta terapia para la depresión resistente en el sistema nacional de salud inglés. Sesenta pacientes recibieron al azar psilocibina o placebo. Hubo preparación psicológica antes y sesiones de integración después, además de revisiones durante seis semanas.

Los resultados invitan al entusiasmo. A las tres semanas respondió el 43% con psilocibina, frente al 3% del grupo placebo; la remisión fue del 40%, también frente al 3%. A las seis semanas respondió el 50%, y la escala MADRS seguía favoreciendo con claridad al tratamiento.

Antes de descorchar nada conviene leer la letra pequeña: la cifra más seductora no era la prueba principal. Era un ensayo de fase 2 concebido para averiguar si el procedimiento podía reclutar pacientes, retenerlos y desarrollarse en la sanidad pública. La mejoría constituía una estimación secundaria.

Sesenta personas y seis semanas permiten formular una promesa, no firmar una certeza.

Quienes participaron llevaban enfermos una media de veinte años. Habían recorrido consultas, fármacos y psicoterapias sin encontrar alivio; cada intento había desgastado un poco más la confianza. La depresión resistente no es tristeza con mala prensa: reduce la vida a una casa sin ventanas y convierte actos corrientes —ducharse, responder un mensaje, levantarse— en montañas sin épica.

La psilocibina se transforma en psilocina y actúa sobre el receptor serotoninérgico 5-HT2A. Puede modificar la percepción, intensificar las emociones y aflojar por unas horas la narración rígida que alguien sostiene sobre sí mismo. La explicación resulta plausible, aunque ignoramos cuánto corresponde a la molécula, a la experiencia o a su integración posterior.

Ahí aparece la novedad sanitaria.

El tratamiento no cabe en una cápsula: exige selección clínica, retirada supervisada de algunos fármacos, preparación psicológica, una habitación durante una jornada, dos profesionales, protocolos de seguridad y seguimiento. «Asistida» no es una cortesía gramatical. Forma parte de la intervención y de su factura.

Un servicio público tendrá que calcular personal, formación, espacios, licencias, coordinación y coste de oportunidad. Cada administración consume seis horas clínicas que otro paciente no recibirá. Ergo, la pregunta no es cuánto vale la psilocibina, sino cuánto cuesta administrarla bien y qué ciudadanos quedarían fuera si la organización falla.

El estudio guarda, además, un elefante luminoso en la habitación: el enmascaramiento. Sólo se preguntó a 23 participantes porque la evaluación comenzó tarde. Acertaron los trece tratados con psilocibina y siete de diez con placebo. Si cambian la percepción del tiempo y los límites del yo, conservar el secreto experimental reclama al placebo una cara de póquer inverosímil.

Las expectativas quizá agrandaron la distancia, pues el placebo apenas mejoró. El hallazgo permanece, aunque no cabe adjudicarlo por entero al fármaco. En estas terapias pueden cooperar la sustancia, el vínculo clínico, el ambiente y las expectativas. Separarlos con un bisturí metodológico puede ayudar a investigar y resultar artificial al tratar.

Por otra parte, la seguridad obliga a contener el entusiasmo. Se registraron 287 acontecimientos adversos no graves: 164 con psilocibina y 123 con placebo; la mayoría no se relacionó con la medicación. Hubo cuatro acontecimientos graves registrados; los posteriores a la psilocibina fueron considerados ajenos al tratamiento. La tolerancia fue buena dentro de un dispositivo vigilado.

Ese contexto no autoriza la automedicación, el turismo psicodélico ni la conversión de una sustancia prometedora en talismán. El ensayo, de un solo centro, excluyó a pacientes de alto riesgo suicida o con ciertos diagnósticos, reunió sobre todo universitarios y tuvo escasa representación de población afrodescendiente. Seis semanas tampoco revelan cuánto dura el beneficio.

La entrada en el sistema de sanidad posee, pese a ello, un valor político. Cincuenta y nueve de los sesenta participantes completaron todas las evaluaciones, y parte del trabajo pasó de una unidad hospitalaria a un centro comunitario sin nuevos problemas de seguridad o logística. La experiencia sugiere que esta atención cabe en estructuras públicas, cuando existen las condiciones que la sostienen.

Para el Sistema Nacional de Salud español, la lección llega con cierta ironía. Contamos con profesionales capaces de guiar experiencias psíquicas intensas, aunque a menudo les negamos tiempo para escuchar una consulta ordinaria. Importar la molécula sin financiar la arquitectura humana produciría una terapia mutilada: novedosa en farmacia, pobre en cuidados y accesible para pocos.

Los próximos ensayos deberán ser mayores y más largos, usar placebos activos y medir recaídas, autonomía, coste-efectividad y precisar quiénes se benefician. La práctica clínica necesitará equipos formados, consentimiento riguroso, supervisión, vías rápidas de ayuda y garantías frente a los abusos de poder que pueden surgir cuando alguien atraviesa un estado de especial vulnerabilidad.

De cualquier manera, el ensayo no demuestra que la psilocibina cure la depresión resistente ni aconseja recetarla mañana. Sí indica que una administración acompañada puede estudiarse dentro del sistema sanitario, con señales clínicas notables y preguntas abiertas. Es un avance creíble precisamente porque no esconde sus signos de interrogación.

Volvamos a la habitación: la cama, la música, seis horas en el reloj y dos profesionales cerca. La cápsula inicia la experiencia, aunque no la contiene. Si la psilocibina llega a nuestras consultas, su principio activo quizá sea la alianza entre molécula, tiempo y cuidado; tres bienes que ningún sistema sanitario debería dispensar por separado.