Voy a ser crudo, directo y quirúrgico: humanizar cuesta.
Cuesta primero esfuerzo: Si eres un profesional que quieres ser humano tienes que esforzarte en contener el sentimiento de que tú sí sabes lo que necesita el paciente o quien te consulta, más que él mismo.
Curamos y aliviamos mucho, sí, pero estamos en pañales en cuanto a entender a las personas de manera holística y saber ayudarlas a mejorar su salud y, sobre todo, su calidad de vida, en situaciones donde es, a veces, muy difícil, por su situación social o personal.
Por lo tanto, lo primero que cuesta es dejar la ostentación del paternalismo o maternalismo y simplemente ser empático; ponerse en su piel y no tener miedo a sentir con el paciente cuando toque.
Cuesta por tanto tiempo. Ser empático y escuchar cuesta tiempo y, resulta, que ese tiempo es terapéutico y oro para el paciente, sentirse escuchado y entendido. Y de esa escucha podemos aprender, diagnosticar algo que se nos escapaba y saber cómo tratarle mejor.
También cuesta tiempo ser asertivo con él, explicarle si está equivocado y hacerle entender bien el diagnóstico, los posibles tratamientos y darle poder de decisión.
Y por último la Humanización cuesta dinero. Porque el tiempo del profesional cuesta dinero y porque también para humanizar hay que cuidar los detalles: la limpieza, la pulcritud, el mobiliario, la pintura y decoración, las infraestructuras…
Humanizar algo que es intrínsecamente humano parece redundante e incongruente pero no lo es, pues, en la práctica, hay montones de aspectos a mejorar, tanto para que la persona que nos contacta y busca tenga una experiencia humana, y positiva, como para que nosotros los profesionales también la tengamos. Cerrar ese círculo es hacer una asistencia sanitaria verdaderamente humanizada.
