La puerta del despacho no deja de abrirse y cerrarse.
Clara repasa la lista de ingresos mientras los residentes entran y salen con preguntas, cambios de guardia y dudas de última hora. En el pasillo alguien protesta porque el cuadrante ha vuelto a modificarse. Otro sonríe al verla. Faltan pocos días para las vacaciones y, aun así, ha llegado al hospital con la misma serenidad de siempre. No espera una jornada tranquila. Hace tiempo que aprendió que los hospitales nunca conceden mañanas previsibles. Siempre hay un paciente que empeora, una familia que necesita una explicación o una decisión que obliga a detenerlo todo.
El teléfono interrumpe unos segundos aquel movimiento continuo.
Al otro lado responde un compañero de un hospital comarcal, a cientos de kilómetros. Hablan de residentes, de guardias y de esa responsabilidad silenciosa que aparece cuando uno deja de ser el médico que aprende para convertirse en el médico del que otros aprenden. Él reconoce que, a veces, no sabe cómo transmitir ilusión sin caer en el autoengaño. ¿Cómo pedir entusiasmo cuando el sistema parece empeñado en desgastar a quienes trabajan en él?
Clara entiende perfectamente la pregunta.
Los hospitales cambian de tamaño. Cambian las plantillas, los recursos y las ciudades. Sin embargo, las preocupaciones se parecen mucho más de lo que cualquiera imaginaría.
Durante la conversación surge otro asunto. Él lleva tiempo diciendo que algún día escribirá una novela sobre hospitales.
Ella sonríe.
Le contesta que, si algún día lo hace, procure no escribir solo sobre enfermedades, diagnósticos difíciles o guardias interminables. Todo eso forma parte del escenario, pero no explica del todo lo que ocurre entre aquellas paredes.
La conversación termina y vuelven a entrar dos residentes.
Uno pregunta por un ingreso complicado. Otro trae una analítica. Antes de empezar a hablar, Clara los mira y les devuelve la sonrisa.
La mañana continúa.
Hay palabras que casi han desaparecido cuando hablamos de medicina. Se habla de innovación, de inteligencia artificial, de burocracia, de listas de espera, de presión asistencial o de agotamiento profesional. Son conversaciones necesarias. Pero hay una palabra que rara vez ocupa un titular y, sin embargo, acompaña cada jornada de trabajo.
Generosidad.
No entendida como sacrificio ilimitado. Esa versión romántica del médico dispuesto a soportarlo todo ha servido demasiadas veces para justificar lo injustificable.
La generosidad de la que hablaba Clara es otra.
Es dedicar unos minutos más a un paciente que necesita comprender lo que le ocurre, aunque la consulta vaya con retraso.
Es repetir una explicación sin permitir que la prisa se convierta en impaciencia.
Es compartir con un residente un razonamiento clínico en lugar de limitarse a darle una respuesta.
Es reconocer delante de un compañero que una duda merece una segunda opinión.
Es seguir estudiando cuando hace años que nadie obliga a hacerlo.
También apareció durante aquella conversación una idea que, a primera vista, parecía no tener relación con la anterior: la creatividad.
Existe la costumbre de reservar esa palabra para los artistas. Sin embargo, también hay creatividad en un hospital. Hace falta para encontrar la forma adecuada de comunicar un diagnóstico difícil, para descubrir la pregunta que un paciente no consigue formular o para tomar decisiones cuando los protocolos ya no alcanzan a responder todas las incertidumbres.
Dos personas nunca viven una enfermedad exactamente igual.
Por eso tampoco necesitan exactamente el mismo médico.
Esa búsqueda constante de hacerlo un poco mejor explica buena parte de la belleza del oficio. También explica algunos de sus riesgos. Quien disfruta aprendiendo rara vez queda completamente satisfecho. Siempre encuentra una conversación que podría haber sido mejor, una decisión que habría querido revisar o una explicación que merecía más tiempo.
La excelencia hace crecer.
La obsesión por la perfección acaba desgastando.
Confundir ambas cosas es una forma silenciosa de perderse.
Por eso preocupa menos el cansancio que el cinismo. El cansancio necesita descanso. El cinismo deja de escuchar. Deja de hacerse preguntas. Convence a quienes empiezan de que la ilusión era solo una ingenuidad de juventud.
Y esa sí sería una derrota.
Porque la medicina no se transmite únicamente en los libros ni en los congresos. También se transmite en los pasillos, en una conversación después de una guardia, en la forma de entrar en una habitación, de reconocer un error o de escuchar a quien todavía está aprendiendo.
Los residentes no solo aprenden medicina.
Aprenden cómo se ejerce.
La mañana termina.
Los residentes recogen sus notas y se disponen a salir. Clara los acompaña hasta la puerta. Antes de que crucen el umbral, les dice algo que probablemente no encontrarán en ningún manual.
- No olvidéis nunca que la medicina es, antes que muchas otras cosas, un ejercicio de generosidad. Si algún día perdéis eso, habréis perdido una parte esencial del oficio.
Ellos asienten.
Algunos recordarán esa frase.
Otros la olvidarán.
Dentro de unos días Clara volverá al norte. Le esperan el Nalón, una piragua y unos días en los que el tiempo volverá a correr al ritmo del agua y no al de los avisos del busca.
Su compañero del hospital comarcal también estará de vacaciones. Quizá por fin empiece esa novela sobre hospitales.
Si lo hace, descubrirá muy pronto que las mejores historias no ocurren durante un trasplante imposible ni alrededor de un diagnóstico extraordinario.
Ocurren cada mañana, detrás de una puerta que no deja de abrirse y cerrarse.
Y casi siempre pasan inadvertidas.
