—Pregúntaselo a ChatGPT.

Mi hija de 8 años lo dice con la naturalidad con la que yo, a su edad, habría dicho: «Consúltalo en la enciclopedia». No es lo que ha visto o escuchado en casa, no existe en ella entusiasmo tecnológico ni conciencia alguna de estar protagonizando una revolución, me atrevo a decir, que como pocas antes que esta. Solo existe una pregunta y, el recuerdo de haber escuchado en otros espacios que existe una herramienta capaz de responderla en pocos segundos.

¿La pregunta queda resuelta? Sin duda, pero yo me quedo pensando en todos mecanismos que hacían productiva la secuencia: pregunta – búsqueda de la respuesta – compresión – aprendizaje.

Pertenezco a una generación que tuvo que convivir con cosas que no sabía. No presupongo en nosotros, los millenials, más inteligencia, paciencia o profundidad, simple y llanamente: no teníamos otro remedio. Algunas de nuestras dudas podían resolverse consultando un libro, llamando a alguien o esperando a poder preguntar al profesor a la mañana (o al lunes), siguiente. Otras permanecían con nosotros durante semanas y muchas, sencillamente, quedaban sin respuesta.

Ahora recordamos aquella lentitud con una nostalgia fraudulenta. Las enciclopedias no eran, per se, mejores que Internet ¿o sí? Nosotros también copiábamos trabajos escolares, también repetíamos opiniones ajenas y confundíamos haber leído algo con haberlo comprendido. La humanidad no pensaba de forma crítica simplemente por su condición de humanidad, lo hacía tras muchas equivocaciones, tras la necesidad de “construir” un yo capaz.

Entre el mundo de entonces y el de ahora existe una diferencia nada despreciable: antes existía un intervalo entre la pregunta y la respuesta. En ese intervalo sucedían cosas: uno podía intentar recordar, relacionar una idea con otra y formular una hipótesis bastante mala. Podíamos también preguntar a dos personas y descubrir que contestaban cosas distintas. Podíamos incluso aburrirnos, y el aburrimiento —aunque hoy tratemos de erradicarlo como si fuera una enfermedad— obligaba a nuestras mentes a producir algo con los materiales que tenía disponibles. No saber generaba incomodidad y, aquella incomodidad, que tantas veces deseábamos eliminar, era también el lugar en el que empezaba a trabajar el pensamiento.

La inteligencia artificial ha llegado y ha suprimido ese intervalo. Nos ofrece información y algo más importante a nivel psicológico y cognitivo: seguridad. Redacta las respuestas de forma ordenada, amable y tan segura que somos incapaces de atisbar la más mínima sospecha de que estamos siendo complacientemente abastecidos de información que no nos molestaremos en contrastar.

La IA no tartamudea, no se distrae, no nos dice que necesita pensarlo un par de veces (ojo esto no es del todo cierto, crea una falsa conversación paralela mientras nos da la respuesta mediante la cual intenta parecer humano con frases como “leí y contrasté”, “volví atrás”, “necesité consultar 19 páginas web”... Con todo esto, incluso cuando se equivoca, lo hace con una sintaxis tan exquisita que sería un pecado plantearnos si quiera que algo tan perfecto pueda incluir errores.

¿Saben las máquinas más que nosotros?

Eso pasa hace mucho tiempo, cuentan con toda (o con casi toda), la información disponible, pueden leer en minutos más libros de los que a nosotros nos daría (en tiempo material) a leer en toda una vida. El problema es que no es infalible, tiene alucinaciones, pero… de forma tan perfecta y bien construida que dejamos de sentir la necesidad de comprobar nada por nuestra cuenta.

Podemos pedirle a una inteligencia artificial que resuma un libro, que prepare un examen, que redacte una reclamación, incluso que nos recomiende qué hacer ante un dolor persistente o que nos explique el resultado de una prueba médica. En muchos casos su ayuda será valiosa y tal vez nos permita entender palabras que antes nos excluían, ordenar preguntas que no sabíamos expresar o llegar mejor preparados a una conversación importante. Sería absurdo renunciar a eso.

Aún así debemos prestar especial atención a que comprender no consiste en recibir una explicación clara. Comprender exige comparar lo que nos dicen con lo que sabemos, detectar lo que falta, reconocer una contradicción y aguantar, durante algún tiempo, la posibilidad de no contar todavía con una conclusión. La respuesta automática puede ahorrarnos el esfuerzo de buscar, pero nos está privando del esfuerzo de dudar.

Lo vemos ya en la forma en que buscamos información sobre nuestra salud. Google (o Internet en general) nos ha devuelto siempre una acumulación caótica de síntomas, testimonios en foros, diagnósticos improbables… navegábamos entre ellos, desconfiábamos, contrastábamos y, en ocasiones, nos desconectábamos sin una respuesta convincente y acabábamos asumiendo que debíamos hablar con un profesional.

La inteligencia artificial nos promete (y nos da) algo mucho más seductor: no una lista de enlaces, sino una respuesta personalizada. Nos habla directamente, en primera persona (y además le hemos puesto nombre), recoge nuestros datos, organiza nuestros síntomas y nos devuelve una narración coherente sobre lo que podría estar sucediéndonos. Pocas cosas generan tanta confianza como una historia que parece explicarlo todo sin fisuras.

La tentación pasa por confundir coherencia con conocimiento y contesto. Una respuesta bien escrita parece haber sido razonada, parece comprender nuestra pregunta, nuestro cuerpo, nuestras circunstancias y, aunque parezca mentira, también nuestros silencios. La claridad de la explicación parece garantizar la autenticidad de lo argumentado.

Un pequeño spoiler: no siempre será así.

El pensamiento crítico que quiero para mis hijas no consiste en saber encontrar información, eso estará, muy probablemente, flotando en un holograma en la palma de sus manos (de hecho ya podemos ver cosas que no están con unas conocidas gafas que venden por ahí)… Lo que quiero para ellas es que sepan interrumpir una respuesta y preguntar de dónde procede, qué presupone, qué datos ha considerado, qué otras interpretaciones son posibles, qué grado de incertidumbre esconde… Quiero que se coman al sistema con patatas fritas en pensamiento propio.

Hemos educado a muchísimas generaciones para que puedan responder a preguntas, eso, amigos, ya no va a ser necesario. Vamos a tener que educarlos para que no se sientan obligados a aceptar la primera respuesta disponible, por muy personalizada que se presente.

Ojo, aquí no estamos hablando de prohibirles utilizar la inteligencia artificial ni de fingir que podrán vivir al margen de ella. Esto va de enseñarles que una herramienta puede ser extraordinariamente útil sin convertirse en una autoridad incuestionable. Delegar una tarea no equivale a delegar el juicio. Habrá que enseñarles que una respuesta en segundos puede servirles para algo más rico: empezar a pensar, tirar del hilo, entender por su cuenta relaciones causa-efecto.

También nosotros tendremos que aprenderlo. No son solo los niños quienes sienten alivio ante una máquina que resume, decide y redacta. Los adultos estamos igualmente cansados y se nos ha presentado una oportunidad única para seguir girando en la rueda de hámster infinita. Recibimos demasiados mensajes, demasiadas noticias, demasiados datos y demasiadas decisiones pequeñas que no podemos delegar. La promesa de externalizar una parte de ese esfuerzo resulta irresistible.

Nuestra generación y la de nuestros hijos tiene en sus manos una herramienta que debilita nuestra capacidad crítica, la debilita por desuso. No sé si seremos la última generación capaz de pensar, quizá lo que sí seamos es la última que recuerda como fue vivir sin respuestas inmediatas. Conocimos la espera como una condición inevitable, entendemos que entre una pregunta y su respuesta podía existir un espacio y un tiempo que no se llenaban enseguida.

Mi hija vuelve a mirarme. Sigue esperando que formulemos la consulta. Abro la aplicación, pero antes le devuelvo la pregunta.

—¿Tú qué crees?