La avalancha de inmigrantes que estos días se está viviendo en Ceuta, y el desbordamiento de sus servicios sanitarios por la atención que hay que prestar a estas personas, vuelve a poner sobre la mesa el debate del efecto llamada, en este caso también en lo que a atención sanitaria se refiere.

Es muy posible que los miles de jóvenes (principalmente) que están cruzando a nado la frontera no vengan atraídos por nuestra sanidad, pero sí por las posibilidades que ofrece un país más avanzado; y España lo es, entre otras cosas, por el cimiento que supone un sistema sanitario diseñado desde hace 40 años para apuntalar la calidad de vida.

Crisis política o diplomática con el vecino Marruecos, lo cierto es que el Sistema Nacional de Salud se está viendo afectado directamente.

La regularización que propuso recientemente el Gobierno para inmigrantes irregulares alertó a buena parte del sector sanitario, ante la constatación diaria de que la sanidad pública española atraviesa un momento de debilidad notable; lo muestran indicadores relevantes como los de las listas de espera para consultas y las quirúrgicas. También es constatable (como lo hizo recientemente el Círculo de la Sanidad), que la financiación puede ser un pozo sin fondo que no va necesariamente de la mano con la eficiencia.

En este clima en el que es patente que urge una transformación, se conocen de forma cotidiana noticias como que una veintena de mujeres brasileñas afincadas en Bélgica han venido a dar a luz al hospital público de Burgos; o que en Argentina se hacen rifas benéficas para ayudar a familias a pagar el desplazamiento a España para que sus hijos sean atendidos de una enfermedad.

Todo esto no es casual. La universalidad de la sanidad española ya era ejemplar años atrás para ciudadanos de otros países, pero internet y las redes sociales han asentado una globalización que multiplica el efecto llamada de la salud con nuestro país como destino.

No es un secreto para nadie que los residentes en España, un país de tamaño medio, no pueden sostener con sus impuestos una sanidad pública que reciba a tantos 'invitados' y al tiempo preservar una atención de calidad para los contribuyentes que financian este Sistema Nacional de Salud.

La necesaria transformación de la sanidad española, que empieza a vislumbrarse en polos relevantes como Cataluña o Andalucía, debe igualmente abordar este problema del efecto llamada y resolverlo de una manera justa. No es solo hablar de la prioridad nacional que impulsó Donald Trump al comienzo de su segundo mandato, y que ya ha llegado a nuestros parlamentos nacionales y autonómicos. Es ir más allá, buscando fórmulas para respetar los principios de humanidad con terceros, pero sin dejar de asegurar que se preserva el principio de calidad asistencial para quienes residen legalmente en territorio español.

La decisión es de los políticos, pero tienen el apoyo del sector de la salud para conseguirlo. Lo deberían aprovechar.