'La primera vez' es el título de una canción de José Luis Perales, que simboliza el despertar de la desilusión en una pareja. Por primera vez aparece la traición en esa relación amorosa. La canción describe el vacío físico y emocional entre los protagonistas, simbolizando la ausencia y el distanciamiento en la relación que mantienen, que queda marcada definitivamente por “esta primera vez” que canta Perales.

Seguro que todos guardamos en nuestra memoria la primera vez de alguna experiencia vital que nos dejó marcados (y no me refiero solo a abandonos amorosos). Y es que la primera vez que el ser humano siente, percibe o sufre un hecho determinado, positivo o negativo, es algo que marca, convirtiéndose en una experiencia que permanece en la memoria. El primer beso, la primera pareja, el primer trabajo, el primer sueldo o el primer libro, son ejemplos que nos dejan una huella especial.

En el ámbito de las organizaciones, la primera vez en algún episodio también deja huella. La primera entrevista de trabajo es decisiva, la primera publicación científica o el primer reconocimiento público pasan a convertirse en experiencias que permanecen en el relato institucional y personal a lo largo del tiempo y que en cierta medida condicionan el modo en el que se viven otras experiencias similares.

En las organizaciones, servicios y empresas de cualquier tipo, la primera vez en alcanzar un ansiado reto es un hecho que les permite diferenciarse de los demás, con un posicionamiento más fuerte frente a la competencia, algo que puede convertirse en una oportunidad, porque si es bien gestionado proporcionará energía para seguir adelante con entusiasmo. A pesar de que el tiempo acaba diluyendo estas experiencias en nuestra memoria, aún recuerdo la primera vacuna contra el covid-19 puesta a María, y si echamos la vista atrás, aunque no lo viviéramos personalmente, podemos recordar el impacto que tuvo el primer trasplante en la sanidad pública o la primera intervención quirúrgica con cirugía robótica.

A pesar de los éxitos, personales u organizacionales, el conocimiento, la tecnología y el mundo en general van demasiado rápido, y nuestras primeras veces vividas de manera especial, desaparecen con nosotros, para dar paso a otras generaciones que viven sus primeras veces creciendo y llenando la memoria con sus propias experiencias. Los románticos dirían que “no hemos aprendido nada”. Es el afán tan frecuente de querer construirte tu propio camino.

A nivel global, en la era de internet las primeras veces no solo son importantes, sino que tienen un impacto muy especial en nosotros. Lo saben bien las redes sociales y los medios de comunicación, donde la teoría del “Media Priming” establece que “las primeras imágenes emitidas por los medios son capaces de estimular la relación entre pensamientos en la audiencia”. De ahí debe nacer el afán de cualquier redacción por ser los primeros en dar una noticia, porque ello es determinante para dirigir el relato, el impacto en las audiencias y su recorrido posterior.

La neurobiología ha puesto de manifiesto que cuando la información sobre una persona comienza con rasgos positivos, la imagen que genera en los demás tiende a ser más favorable que cuando se comienza hablando de los rasgos negativos. El profesor Canto señalaba en el año 2000 dos explicaciones posibles a este hecho:

1) Las primeras informaciones activan un esquema mental sobre la persona, y las informaciones sucesivas son interpretadas según el esquema previamente activado.

2) El efecto de la primacía puede estar activado por la atención. Las personas tendemos a prestar más atención a las primeras informaciones que a las que llegan después.

La cultura popular casi siempre ha aportado cierta dosis de sabiduría a la sociedad y tenemos el claro ejemplo del refranero. Sin embargo, se trata de la misma sociedad, que muchas veces se deja llevar por las creencias de la mayoría para evitar el aislamiento social de quien piensa diferente. Podríamos hablar de “una de cal y otra de arena”, y es que la cultura popular está cargada de razones para pensar y actuar, pero también de emociones que deciden. Emociones que, a veces la razón no entiende, o que simplemente se niega a entender para evitar el conflicto interno.

Para entender mejor este proceso animo a leer al psicólogo e investigador Salomón Asch y lo que se conoce como “sesgo de conformidad”, resultado de sus experimentos en la década de 1950, que demostraron significativamente el poder de la conformidad en los grupos sujetos a estudio.

Dichos estudios pusieron de manifiesto que la presión que ejerce el grupo (en este caso tener opiniones diferentes y verbalizarlas o no), hizo que los participantes se dejaran llevar por la respuesta incorrecta manifestada por la mayoría. El 75 % dio al menos una respuesta errónea, adaptándose a lo que decía la mayoría, aunque pensara diferente, y solo el 25 % siempre desafió a la mayoría, dando las respuestas correctas.

Entre emociones, sesgos y evidencias, volvemos a la importancia de las primeras veces, porque se trata de experiencias que quedan atrapadas en nuestro cerebro, y la razón que lo explica es que conllevan una mezcla acumulativa de novedad, experiencia, emoción, miedo e incertidumbre.

Se trata de un mecanismo básico de funcionamiento neurobiológico que es bien conocido por los que definen los algoritmos que mueven las redes sociales, donde de manera continuada y permanente, segundo a segundo, en la mente de cada individuo se enfrenta la evidencia científica de cualquier información y la creencia popular al respecto. Es la eterna batalla ciencia-creencia, que en la actual sociedad de la información es más evidente que nunca.

En esa guerra las redes sociales nos atrapan porque tocan emociones básicas y primitivas del ser humano: supervivencia, salud, miedo, placer y novedad, que tienen su sitio en el área septal del cerebro, que es la zona cerebral que rige una parte importante de los circuitos del placer. (Circuitos de recompensa. James Olds, 1950).

En tiempos de la Inteligencia Artificial y para entender este proceso al que todos estamos sometidos, recordemos una vez más que el cerebro humano da más peso a la información que recibe primero, y con ella establece el marco por el que interpreta lo demás. En este proceso son decisivos los primeros tres segundos, porque en ese corto espacio de tiempo nuestro cerebro distingue dos cosas fundamentales: 1) confianza y conexión interpersonal; o bien 2) malentendido y distanciamiento. Es un tiempo tan importante que si la primera impresión es positiva los errores pueden disculparse, mientras que si es negativa, hasta los aciertos generan sospecha.

Y es que la primera vez importa, y mucho, porque solo hay una oportunidad de hacerlo bien a la primera, y como dice el psicólogo Daniel Kahneman (1934-2024), se puede cambiar una mala primera impresión, pero ello requiere mucho esfuerzo, porque se necesitan entre 60 y 200 interacciones coherentes para revertirla, y esto implica mucho tiempo y mucha energía. Ocurre igual que con el bulo y la mentira, que prenden fácilmente, mientras que es muy largo y costoso rebatirlos.

Y si en las relaciones personales la primera vez importa, como cantaba Perales ante la primera gran desilusión de una pareja preguntando ¿Quién habrá robado su corazón?, en las relaciones profesionales también hay que reivindicar la importancia de esos tres primeros segundos, porque ese tiempo determina que los pacientes, equipos y asociados pueden convertirse o bien en aliados confiados o bien en usuarios, equipos o asociados distanciados y desconfiados. En el primer caso todo será más fácil, procedimientos, citas, intervenciones, tiempos, seguridad clínica y resultados. En el segundo caso, reconducir la atención sanitaria o la relación con un cliente necesitará más tiempo, protocolos y energía profesional para reconducirla.

De la misma manera, en las relaciones sociales hay que reflexionar sobre la importancia de los tres primeros segundos. Es fundamental evaluar antes de decidir, en lugar de dejarse llevar por la influyente primera impresión. Porque en este caso los algoritmos ya nos dan gestionados esos tres segundos, y además, han sabido hacerlo muy bien para acaparar nuestra atención. Es la realidad que nos está tocando vivir en esta nueva era de la información digital y no queremos que nos roben el corazón.