Una reflexión acerca de la estrategia, la coordinación y el liderazgo, a través de la metáfora del fútbol.
Cuando una selección gana un Mundial, la nación entera busca una explicación. Se habla de la estrategia, del talento, del entrenador o de la preparación física. Se examinan los goles, las posesiones y las estadísticas. Sin embargo, pasado el ruido de la celebración, siempre surge la misma reflexión: los que ganan no son solamente quienes tienen a los mejores jugadores; son aquellos que logran que un grupo de individuos diferentes confíen en un mismo proyecto y persigan un objetivo común.
España lo ha vuelto a mostrar recientemente. En una época en la que parece que las estrellas y los contratos millonarios dominan el deporte profesional, la selección española ha recordado algo que también tendría que inspirar a las organizaciones sanitarias: el liderazgo no se trata de ser indispensable, sino de lograr que nadie lo sea.
Esa es, probablemente, la esencia de cualquier gran equipo.
Mientras contemplaba la celebración del Mundial, no podía dejar de pensar en la sanidad. A primera vista, parecen mundos completamente diferentes. Uno tiene como propósito levantar una copa; el otro, salvar vidas y mejorar la calidad de vida de las personas. Sin embargo, comparten un rasgo fundamental: el resultado no depende de una sola persona. Sin los que recuperan el balón, ocupan los espacios o hacen el trabajo invisible, ningún delantero puede ganar un Mundial. Asimismo, no hay ningún cirujano, por más talentoso que sea, que pueda proporcionar un servicio de calidad sin la presencia de anestesistas, enfermeras, técnicos, celadores, personal de limpieza, administrativos, farmacéuticos, ingenieros o gestores que garanticen una atención segura y eficaz. Ninguna persona se cura por el trabajo de una sola persona. Se sana gracias a que decenas de profesionales trabajan coordinadamente con un propósito común.
El heroísmo individual es imposible por la complejidad que ha llegado a tener la medicina moderna. No obstante, seguimos organizando numerosos hospitales como si aún creyéramos en él. Continuamos dando más premios a los éxitos individuales que a los grupales. Seguimos reconociendo el éxito en el jefe de servicio, el cirujano destacado o el investigador más renombrado. Aunque estos son profesionales indispensables, no son suficientes.
Como sucede en el fútbol, los resultados sobresalientes aparecen cuando la habilidad individual se suma a un proyecto colectivo. Cuando la realidad muestra que los líderes más eficaces pocas veces requieren recordar su liderazgo, vinculamos a este con autoridad jerárquica. Su autoridad se basa en la confianza, no en el cargo.
Luis de la Fuente ha destacado repetidamente que su propósito fundamental era formar un vestuario en el que todos los futbolistas se sintieran importantes, sin tener en cuenta cuánto tiempo permanecieran en el terreno de juego. Hacer que cada integrante del equipo se sienta parte de algo más grande es, indudablemente, uno de los retos más importantes para cualquier directivo.
Los centros sanitarios tienen la capacidad de aprender muchas cosas del campeón mundial. La primera es que la confianza produce un desempeño. Los equipos más destacados no tienen éxito por la falta de errores, sino porque hay un ambiente en el que se puede aprender sin temor, pedir ayuda y notificar un problema.
El liderazgo distribuido es el segundo punto, y es superior al liderazgo jerárquico. El capitán lidera durante un partido, pero lo hace también el que presiona hacia arriba, el que organiza la defensa o el que motiva desde el banquillo.
En un hospital sucede de la misma manera. El liderazgo se manifiesta en una supervisora de enfermería que dirige un servicio o unidad, en un residente que identifica un riesgo clínico, en un administrativo que previene una equivocación de citación o en un celador que calma a una familia. Liderar no es solo cuestión de ocupar un puesto; se refiere a la habilidad de ejercer una influencia positiva en los demás.
La relevancia de un objetivo en común es la tercera lección. En la selección española, los jugadores no compiten para incrementar sus estadísticas individuales; lo hacen para que el equipo triunfe. En el ámbito de la salud, tampoco debe ser el objetivo la productividad aislada, los indicadores individuales o las conductas estancas. Siempre el verdadero propósito será ofrecer la mejor asistencia al paciente.
Tal vez la comparación entre el fútbol y la sanidad parezca exagerada. Sin embargo, ambos tienen algo en común: trabajan bajo presión, toman decisiones rápidamente, necesitan confiar mutuamente y son conscientes de que un pequeño error puede alterar el resultado final. La distinción es que, en contraste con un equipo de fútbol, que juega una final cada cierto año, los profesionales sanitarios compiten en su final todos los días.
Desde hace años, los hospitales realizan inversiones en digitalización, innovación y tecnología. Todo es importante. Sin embargo, existe una innovación que es probablemente más rentable y que es mucho más difícil: aprender a trabajar en equipo. Ya que colaborar no implica la conformación de un equipo. Un equipo tiene metas, información y responsabilidades en común. Tiene confianza. Aprende de los fallos sin tratar de encontrar culpables. Celebra los triunfos como si fueran suyos y, en conjunto, acepta los fracasos. Los hospitales que obtienen mejores resultados clínicos tienden a tener una característica común: tienen culturas organizativas en las cuales la comunicación es fluida, la seguridad psicológica permite manifestar dudas y el liderazgo está repartido. Independientemente de su categoría profesional, cualquier profesional tiene la posibilidad de señalar un riesgo para un paciente. El conocimiento fluye y las decisiones se enriquecen con puntos de vista diversos. Lo mismo sucede con los equipos.
En el fútbol, al igual que en el sector sanitario, las victorias se preparan con antelación a los partidos. Se desarrolla en los diálogos difíciles, en la confianza recíproca, en la transparencia de las metas y en el entrenamiento. En el momento decisivo, el equipo solo muestra lo que ha estado cultivando durante un tiempo. Puede que esa sea la importante lección que hoy en día nos ofrece la selección española a nuestros centros sanitarios. No requerimos líderes que busquen ser los más destacados del equipo. Necesitamos líderes cuyo principal triunfo sea lograr que el equipo sea el mejor.
En una época caracterizada por el agotamiento laboral, la falta de profesionales y la complejidad de los cuidados, tal vez ha llegado el momento de reflexionar sobre el liderazgo y el trabajo en equipo. Necesitamos menos jefes que den instrucciones y más líderes que formen equipos. Una cultura de colaboración más que una cultura de protagonismo.
El liderazgo en el sector de la salud ya no puede sustentarse solamente en la autoridad del puesto o en el conocimiento técnico. Se debe basar en la habilidad de generar confianza, unidad y un propósito común. Porque la salud del siglo XXI es interdisciplinaria. Y porque, al fin y al cabo, los pacientes nunca recordarán quién llevaba el brazalete de capitán, como pasa en el fútbol. Recordarán que el equipo completo estuvo a la altura cuando más lo necesitaba.
Quizás la definición auténtica de liderazgo sea lograr que individuos distintos consigan resultados en conjunto que no podrían alcanzar individualmente.
La victoria de la selección española en la Copa del Mundo nos deja una enseñanza que va más allá del ámbito deportivo: ser el líder no implica ser el centro de atención, sino hacer que los demás den su mejor versión. España no ha obtenido la victoria por contar con individuos excepcionales, sino por desarrollar una cultura colectiva anclada en la confianza, el compromiso, la preparación y un concepto compartido de juego. El grupo ha prevalecido siempre sobre el ego. Y esta es la lección más importante que ofrece hoy la selección española a los centros sanitarios: los títulos se levantan juntos. Y también la sanidad de mejor calidad.
Los profesionales de la salud salvan vidas y los campeones levantan trofeos. Los dos lo logran de la misma manera: “jugando en equipo”.