La salud no se protege solo en una consulta, en un quirófano o en una unidad de cuidados intensivos. También se protege en la forma en que climatizamos un hospital, compramos materiales, gestionamos residuos, desplazamos pacientes y profesionales, producimos energía o diseñamos los espacios donde las personas se recuperan.

Los efectos del cambio climático se sienten cada vez con más claridad en hospitales, centros de salud y urgencias. Más golpes de calor, más enfermedades respiratorias y cardiovasculares, más problemas de salud mental... Todo ello se traduce en una mayor presión asistencial y una mayor vulnerabilidad de quienes ya estaban en riesgo, especialmente las personas mayores. Las cifras ayudan a dimensionar el problema. La Organización Mundial de la Salud estima que, entre 2030 y 2050, el cambio climático provocará alrededor de 250.000 muertes adicionales al año. En España, la mortalidad atribuida al calor aumentó un 87% en 2025 según el sistema MoMo. El cambio climático no es, por tanto, una amenaza lejana: está afectando directamente a la salud de las personas y a la capacidad de respuesta de los sistemas sanitarios.

Esta realidad sitúa a la sanidad ante una doble responsabilidad: prepararse para atender mejor los impactos crecientes de la crisis climática y reducir su propia contribución al problema. El sector sanitario representa en torno al 5% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, procedentes del consumo energético, las flotas, los suministros, los equipos y las cadenas de valor asociadas a la atención sanitaria. La Alianza para la Acción Transformadora sobre Clima y Salud (ATACH) —impulsada en el marco de la OMS— subraya precisamente la necesidad de avanzar hacia sistemas de salud resilientes al clima y bajos en carbono. Ello representa un desafío, pero es una obligación. María Neira, exdirectora del Departamento de Medio Ambiente, Cambio Climático y Salud de la OMS, lo ha reiterado en numerosas ocasiones: la acción climática puede convertirse en una de las mayores oportunidades para la salud pública. No solo por lo que evita, sino por lo que permite mejorar en términos de prevención, equidad y bienestar.  El clima afecta a todos los pilares que sostienen la salud: el agua, los alimentos, la vivienda, la seguridad y la capacidad de los sistemas públicos para responder.

Si la misión del sistema de salud es prevenir, curar y cuidar, no puede permanecer ajeno a una crisis que multiplica riesgos para la población. Descarbonizar la sanidad es una extensión lógica del principio de “no hacer daño”. Significa reducir emisiones, sí, pero también ahorrar recursos, mejorar la eficiencia, reforzar infraestructuras críticas, anticipar riesgos y construir entornos más saludables para pacientes y profesionales. Es, en definitiva, una oportunidad para cuidar mejor.

Del hospital eficiente al hospital resiliente

Por suerte, el sector ha comprendido la magnitud del desafío y ya está actuando. El primer paso para esta transformación es medir. Sin datos comparables no hay prioridades claras, ni seguimiento, ni capacidad de escalar. En España, un estudio de ECODES junto al Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico identificó que hasta el 62% de la huella de carbono hospitalaria procede del alcance 3: compras, transporte, suministros y residuos.

Medir también permite actuar donde las medidas generan beneficios ambientales, económicos y asistenciales. La eficiencia energética, la rehabilitación de edificios, la climatización inteligente, el autoconsumo fotovoltaico, la reducción de plásticos, la digitalización, la movilidad sostenible o el uso racional de medicamentos reducen emisiones, disminuyen costes operativos y mejoran la seguridad de infraestructuras críticas. En un contexto de presión presupuestaria, la descarbonización no debe formularse como un gasto añadido, sino como una inversión.

Los ejemplos ya existen. En Galicia, el SERGAS ha establecido una hoja de ruta clara para reducir un 60% sus emisiones en 2030 y alcanzar la neutralidad climática en 2040, mientras que algunos centros han empezado a traducir estos objetivos en resultados concretos: el Plan Integral de Eficiencia Energética del Área Sanitaria de A Coruña y Cee ha permitido reducir más de un 15% las emisiones de CO₂, y el Hospital Álvaro Cunqueiro de Vigo ha ampliado su instalación fotovoltaica para producir al menos el 20% de la electricidad anual necesaria y llegar al 100% del consumo en horas de sol, con una reducción estimada de 1.500 toneladas de CO₂ al año.

También existen ejemplos en otros territorios. La Fundación Sanitaria Mollet ha reducido en un 85% sus emisiones de alcance 1 y 2 desde 2012, a pesar de haber aumentado su actividad. Demuestra así que la descarbonización depende de la gobernanza, la cultura interna, la medición continuada y la visión a largo plazo. En Madrid, el Hospital Clínico San Carlos ha trabajado en la adecuación de la terapia inhalada para reducir el impacto ambiental de inhaladores con propelentes de alto efecto invernadero, con una reducción estimada de 281 toneladas de CO₂ equivalente. La Fundación Jiménez Díaz ha reducido un 13,5% la huella de carbono asociada a inhaladores crónicos, ha eliminado el uso de óxido nitroso y ha reducido el desflurano, gases con elevado impacto climático. El Hospital Gregorio Marañón, combina rehabilitación energética, fotovoltaica, iluminación eficiente, gestión de plásticos y reducción de gases anestésicos.

Pero reducir emisiones no es suficiente. Los centros sanitarios deberán seguir funcionando cuando el cambio climático tensione sus infraestructuras, sus profesionales y su capacidad asistencial. Por ello, urge reforzar la adaptación a este nuevo escenario climático. Un hospital preparado para consumir menos energía, gestionar mejor el agua, disponer de sombra, integrar zonas verdes, reforzar su autonomía energética y anticipar episodios extremos es también un hospital más seguro ante olas de calor, interrupciones de suministro o eventos meteorológicos severos. En este contexto, iniciativas como Sanidad #PorElClima pueden desempeñar un papel relevante para acelerar la necesaria transformación del sector, pues contribuye a compartir herramientas, conectar experiencias y ayudar a que las buenas prácticas dejen de ser excepciones aisladas. Una función es coherente con la dirección que marcan las principales agendas internacionales de clima y salud, que subrayan la necesidad de sistemas sanitarios bajos en carbono, resilientes, medibles y capaces de cooperar con otros sectores.

Descarbonizar la sanidad no es, por tanto, solo una cuestión ambiental o económica, sino ética y profundamente sanitaria. Significa asumir que la salud no termina en el acto clínico, sino que empieza mucho antes: en el aire que respiramos, el agua que bebemos, los edificios que habitamos y los sistemas que nos cuidan cuando somos más vulnerables. Supone reducir emisiones, pero también proteger mejor a pacientes vulnerables, aliviar costes futuros, reforzar infraestructuras críticas y dar coherencia a la misión de cuidar. La pregunta ya no es si la sanidad debe avanzar hacia la descarbonización, sino cómo acelerar ese camino con inteligencia, colaboración y ambición. Cada medida cuenta. Cada hospital que actúa demuestra que es posible. Cada paso hacia una sanidad más sostenible es también un paso hacia una mejor atención a las personas. Porque no habrá salud para las personas en un planeta enfermo. Y el tiempo para actuar ya no pertenece al futuro.