19 ene. 2015 14:39H
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Ismael Sánchez. Lorca (Murcia)
La frustración es tan mala consejera como difícil de eliminar. Esta sensación acompaña a los directivos de la salud desde hace un tiempo, no sólo en lo que afecta a su propia consideración profesional, sino también en su juicio sobre lo que ven a su alrededor, que conocen e interpretan a la perfección, pero que no logran transformar. Ocurre que, cuando se les da voz, no paran de quejarse y lamentarse, en un indisimulado ejercicio de autoflagelación que tampoco les conduce a nada porque, en el fondo, intuyen que todas sus propuestas resbalarán sobre la terrible realidad de un sistema sanitario poco menos que inmutable.

José María Abellán, vicepresidente segundo de la Asociación de Economía de la Salud (AES),se dirige al auditorio en el Encuentro.


La presencia del directivo en el sistema se asemejaría, según feliz  comparación de Domingo Coronado, gerente del Área I de Salud Murcia Oeste, que incluye el Hospital Virgen de la Arrixaca,  a jugar al Monopoly: nada de lo que ocurre en el juego, por muy aparente y ambicioso que resulte, es a la postre verdad. Y, desde luego, si algo le sobra a la sanidad es ficción. Coronado tuvo una intervención escueta, pero fulminante. Fue muy crítico con los directivos, el primero consigo mismo, por la autocomplacencia y la falta de riesgo en la toma de decisiones. Rechazó las zonas de confort y la comodidad que, en el fondo, terminan rodeando a los cargos sanitarios, y apeló, sin confusiones políticas, a una proclama bien sencilla: PP, pico y pala.

La intervención de Coronado fue un golpe seco a los argumentos de la mayoría de los ponentes, igualmente críticos, pero más bien con el sistema, y no con ellos mismos. Pareció exigirles mayor autocrítica, y no tanto diagnóstico brillante y aleccionador que, a la postre, no termina de traducirse en nada. Y es que algo debe estar fallando si el esfuerzo intelectual de expertos reconocidos como Máñez, Meneu, Abellán o Alberto González no logra no ya empapar el sistema, sino siquiera mojarlo.  Con todo, es posible que la receta de Coronado tampoco sea válida: pico y pala parece un lema indiscutible, pero también algo tosco.

Olvidando castigos y penitencias, es preciso subrayar que los directivos siguen teniendo una capacidad analítica espléndida y que de sus conclusiones es posible construir nuevos escenarios que, poco a poco, puedan ir modulando el sistema en la buena dirección. Pese a decir que no ha aprendido nada de la crisis, a Máñez parecen sobrarle evidencias de todo lo contrario: hay que evaluar más y mejor, manda la eficiencia sobre la efectividad, la participación ha de ser un valor al alza y el cambio precisa de nuevas estrategias, seguramente no descubiertas aún. No está nada mal para no haber aprendido nada.

Meneu parece quejarse de no haber aprovechado la crisis salvo para reducir el gasto en personal y en farmacia. Es positivo, pero, a la vez, claramente insuficiente. Abellán lo explicó mucho mejor: no hemos hecho de la necesidad virtud, cuando tocaba hacerlo. Y Alberto González culminó el ejercicio teórico con un breve análisis de la importancia de la perspectiva. Para entonces, Coronado ya se estaba removiendo en su asiento, deseoso de intervenir para reclamar un salto decidido y de una vez en busca de la acción.

Cuando pasó al flanco del público, Máñez asumió naturalmente la autocrítica y se incorporó al clan de los expertos en planificar, proyectar y hacer guías clínicas, pero que luego no saben, o no pueden o no quieren, pasar a la acción. Comentaba así la intervención del profesor Joan Carles March, que había pedido a los directivos trabajar a pie de obra, y no desde las alturas, como única forma de avanzar en otra dirección. Quizá el cambio sea igualmente difícil, pero, de esta manera, habrá menos tiempo para la autoflagelación y ninguno para desplegar la ficción del Monopoly.

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