La idea de que el cerebro solo envejece en la vejez está cada vez más en entredicho. De hecho, una investigación de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), publicada en la revista eBioMedicine (del grupo The Lancet), sugiere que las señales biológicas de ese desgaste podrían ser detectables mucho antes, incluso décadas antes de que aparezca ningún síntoma. Y aporta un ángulo novedoso, pues parte de esas señales tempranas parecen reflejarse también en el intestino, a través de la llamada comunicación cerebro-intestino.
El trabajo, liderado por Kanhao Zhao y por la doctora Arpana Church, codirectora del Goodman-Luskin Microbiome Center de UCLA, no mide la edad del cerebro con un reloj, sino con imágenes y algoritmos. “El envejecimiento cerebral no empieza de repente cuando nos hacemos mayores, sino que las señales biológicas podrían detectarse décadas antes”, resume Church. El hallazgo abre una vía para entender, a largo plazo, quién podría estar en mayor riesgo y si cuidar la salud intestinal llegará algún día a tener un papel en un envejecimiento cerebral más saludable.
Un “índice” para saber cuántos años aparenta el cerebro
Para estimar ese desgaste, el equipo utilizó resonancia magnética funcional en reposo, una técnica que mide cómo se comunican entre sí las distintas regiones cerebrales. Con esos patrones de conectividad entrenaron un modelo capaz de predecir la edad del cerebro y lo compararon con la edad real de cada participante. A esa diferencia la denominaron Brain Ageing Index (BAI): un valor positivo indica un cerebro que “aparenta” más años de los que cronológicamente tiene.
Además, el estudio analizó a 1.462 adultos de entre 18 y 65 años, repartidos en una cohorte de descubrimiento (674 personas), una de replicación (444) y otra independiente (344), procedentes de varias bases de datos internacionales. Ese diseño multicohorte permitió comprobar que los resultados se repetían en poblaciones distintas: en todas ellas, la edad cerebral estimada se correlacionó de forma sólida con la edad real (coeficientes de entre 0,50 y 0,59). El foco en adultos jóvenes y de mediana edad es precisamente lo que distingue a este trabajo de la mayoría de investigaciones sobre envejecimiento cerebral, centradas en personas mayores o en pacientes.
Igualmente, los resultados fueron consistentes en las tres cohortes. Un BAI más alto —es decir, un cerebro aparentemente más envejecido— se asoció con un peor rendimiento en la memoria de trabajo y en las funciones ejecutivas, las que permiten planificar y tomar decisiones, así como con un mayor número de síntomas depresivos. Las diferencias se concentraban, además, en patrones de conectividad que implican al precúneo, el cingulado posterior y regiones frontales mediales, áreas vinculadas a la memoria y al pensamiento autorreferencial que suelen verse afectadas en las fases tempranas del deterioro cognitivo.
La investigación sobre el conocido como eje intestino-cerebro ha aumentado notablemente.
La conexión con el intestino
La parte más novedosa llegó en la cohorte independiente, en la que, además de las imágenes cerebrales, se analizaron muestras de heces de algo más de 200 participantes, combinando metagenómica (qué bacterias hay) y metabolómica (qué sustancias producen). En ese grupo, un BAI más elevado se asoció con determinadas especies bacterianas —como Christensenella minuta u Oscillibacter, entre otras— y con un perfil concreto de metabolitos: niveles más altos de ceramidas, de 24-hidroxicolesterol (un derivado del colesterol) y de ciertos ácidos dicarboxílicos, y, de forma inversa, niveles más bajos de estetrol, una hormona de la familia de los estrógenos.
Los investigadores identificaron también las vías biológicas que podrían tender ese puente entre el intestino y el cerebro: procesos relacionados con el sistema inmunitario, la función de los vasos sanguíneos, la comunicación entre neuronas y la producción de energía en las células. En conjunto, el trabajo refuerza la hipótesis de que lo que ocurre en el intestino y lo que ocurre en el cerebro no son fenómenos aislados.
¿Qué implica este hallazgo (y qué no)?
Conviene leer los resultados con prudencia, como subrayan los propios autores. Se trata de un estudio transversal, una fotografía tomada en un único momento, que muestra asociaciones, pero no permite establecer relaciones de causa y efecto, ya que no demuestra que las bacterias intestinales aceleren el envejecimiento del cerebro, ni al revés. Tampoco la “edad cerebral” es una medida literal, sino una estimación obtenida a partir de patrones de conectividad.
Con esas cautelas, el valor del estudio está en abrir una ventana temprana. “Estamos empezando a identificar vías que, en última instancia, podrían ayudarnos a entender quién puede estar en riesgo”, señala Church, que apunta hacia dónde se dirige esta línea de investigación: “Esto abre la puerta a explorar si actuar sobre la salud intestinal podría, algún día, favorecer un envejecimiento cerebral más saludable”. El camino hacia intervenciones concretas, reconocen, exigirá estudios que sigan a las personas a lo largo del tiempo.
