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Hay una parte de nuestra historia que es herencia, pero hay otra que forma parte de nuestro estilo de vida, nuestras costumbres y lo que hacemos. Tener antecedentes familiares de ciertas enfermedades o una genética concreta no determina de forma matemática cómo envejeceremos ni la salud que tendremos al final de la vida.

La genética es el "abecedario" de nuestro organismo, pero es la epigenética -las marcas químicas que activan o silencian esos genes a modo de interruptores- la que actúa como la "ortografía, la gramática" que da sentido al ADN. Y estas marcas sí se pueden modificar a través del estilo de vida.

Manel Esteller Badosa, director del Grupo de Epigenética del Instituto de Investigación del Hospital de Sant Pau (Barcelona). / Imagen Pablo Álvarez

Así lo ha explicado Manel Esteller, director del Grupo de Epigenética del Instituto de Investigación del Hospital de Sant Pau en Barcelona, durante una ponencia de la jornada de 'Longevidad, prevención y diagnóstico precoz' organizado por Redacción Médica. Según ha mencionado Esteller, aunque nacemos con una secuencia genómica fija, las decisiones cotidianas como la nutrición, el ejercicio físico o la exposición a tóxicos alteran la química celular, acelerando o frenando el reloj biológico.

Genética frente a epigenética: la lección de Dolly y la superabuela catalana

Para ilustrar este concepto, Esteller ha recordado el caso de la oveja Dolly, el primer mamífero clonado. Pese a tener exactamente el mismo ADN que su madre, Dolly desarrolló de forma muy prematura obesidad, diabetes tipo 2 y artrosis. La razón fue que, al clonarla en el laboratorio, se transfirió la secuencia genómica, pero no la química del ADN, provocando un envejecimiento patológico.

En otro extremo de la longevidad saludable está María Branyas, la 'supercentenaria' catalana que ostentó el récord mundial tras vivir 117 años y 9 meses con la mente clara y libre de enfermedades graves. "María fue muy amable, le pedimos su ayuda y dijo 'estúdienme'", ha contado. Así, se analizó exhaustivamente la data de sus resultados y se descubrió una combinación excepcional de factores.

Uno de ellos era la resiliencia a las mutaciones. A pesar de acumular alteraciones genéticas y tener los telómeros muy cortos, presentaba variantes genéticas protectoras y una gran capacidad inmunológica, llegando a superar el Covid-19 de forma asintomática. "En las células inmunes queda una memoria de infección. Puedes ver que pasó muchas infecciones, pero las superó todas", ha indicado en el evento que ha contado con la colaboración de Asisa, DKV, Fedop, GSK, HM Hospitales, SegurCaixa Adeslas y Viamed.

Además, un perfil antiinflamatorio. Su microbioma intestinal retenía características propias de la adolescencia, enriquecidas, por ejemplo, en bifidobacterias derivadas de probióticos. "Este le daba este perfil antiinflamatorio que ayudó seguro a su supervivencia", ha dicho.

Un momento durante la ponencia "Claves biológicas de la longevidad saludable". / Imagen Pablo Álvarez

La edad biológica se puede ralentizar sin depender de fármacos

El hallazgo de estos biomarcadores demuestra que existe un decalaje entre la edad biológica y la cronológica. "Esto, con fármacos epigenéticos, podemos modularlo", ha considerado, aunque también se puede hacer con ejercicio y dieta. "Las personas con sobrepeso y con obesidad envejecen antes", ha añadido. En esa línea, Esteller ha explicado que "se puede enlentecer la edad biológica, marcada por los radiológicos epigenéticos, con fármacos, pero también se puede intentar parar este reloj usando dieta y ejercicios".