Los huesos y el cerebro son dos órganos que rara vez se estudian juntos, y que sin embargo podrían estar más conectados de lo que parece. Ambos se deterioran con la edad, y cada vez más investigaciones sugieren que ese envejecimiento no es casual, sino que comparte mecanismos biológicos de fondo. La pregunta que empieza a plantearse la ciencia es si la salud de nuestros huesos podría funcionar como una ventana para asomarse a algo mucho más difícil de anticipar: cómo va a envejecer nuestro cerebro.
En esa línea apunta un estudio de la Universidad Johns Hopkins (Estados Unidos), publicado en la revista Radiology, de la Sociedad Radiológica de Norteamérica (RSNA). Tras analizar los datos de más de 700 adultos mayores, sus autores han encontrado que una menor densidad mineral ósea en la columna vertebral se asocia a un deterioro cognitivo más rápido y a un daño acelerado de la sustancia blanca del cerebro relacionado con la edad. Un hallazgo llamativo, pero que conviene leer con cautela, ya que los propios investigadores subrayan que no demuestra que unos huesos débiles provoquen demencia, sino que ambos problemas suelen ir de la mano.
En este sentido, lo que indica la densidad mineral ósea es la cantidad de minerales, como el calcio, que contiene un volumen determinado de hueso. Cuando es baja, el hueso se debilita y es más propenso a fracturarse. Es por ello que lo original del estudio está en cómo se midió. El equipo, liderado por la doctora Sara Momtazmanesh, del Departamento de Radiología de la Johns Hopkins, realizó un análisis secundario de los datos del Estudio Multiétnico de Aterosclerosis (MESA), una gran cohorte estadounidense.
Para calcular la densidad ósea de las vértebras torácicas, los investigadores emplearon un algoritmo de aprendizaje profundo (inteligencia artificial) aplicado a las tomografías computarizadas (TAC) de tórax de más de 2.000 participantes. Después cruzaron esa información con resonancias magnéticas cerebrales y pruebas cognitivas repetidas en el tiempo, quedándose con una muestra final de 715 personas, de una mediana de 69 años, a las que se siguió durante unos cinco años.
Menos hueso, peor evolución cognitiva
El resultado más sólido del trabajo tiene que ver con la cognición. Una menor densidad ósea de partida se asoció de forma clara con un deterioro más rápido de la función cognitiva global a lo largo del seguimiento. Estamos hablando de un vínculo que se mantuvo incluso después de tener en cuenta numerosos factores como la edad, la actividad física o el riesgo cardiovascular.
Por su parte, en el plano cerebral, los investigadores observaron asociaciones en regiones muy concretas. Una menor densidad ósea se relacionó con una mayor acumulación de lesiones (las llamadas hiperintensidades de la sustancia blanca) en el cuerpo calloso, una estructura implicada en las funciones ejecutivas, la memoria de trabajo y la atención. A esto se le suma un deterioro más pronunciado de la microestructura de la sustancia blanca en la cápsula interna anterior, otra zona ligada a esas mismas funciones.
Imagen de cerebro.
Pero no solo eso, pues la investigación detectó que la asociación no era igual en todo el mundo. En las personas con diabetes, el vínculo entre la baja densidad ósea y la acumulación de lesiones cerebrales era considerablemente más fuerte que en quienes no la padecían. Es un dato coherente con lo que ya se sabe: la diabetes daña los pequeños vasos sanguíneos y favorece la inflamación crónica, factores que pueden hacer al cerebro más vulnerable. Ese detalle refuerza la hipótesis de fondo que manejan los autores: que el hueso no "manda señales" directas al cerebro para dañarlo, sino que ambos reflejan un mismo problema metabólico subyacente.
La clave: un marcador, no una causa
A pesar de estos resultados, hay que interpretar los hallazgos con precaución. "Este estudio no trata sobre causa y efecto, sino más bien sobre la observación de un síndrome metabólico que puede causar degeneración tanto ósea como cerebral", aclara Shadpour Demehri, profesor de radiología de la Johns Hopkins y autor sénior del trabajo. La coincidencia observada, explica, "podría reflejar factores metabólicos comunes asociados al envejecimiento, como la resistencia a la insulina, la dislipidemia y los cambios menopáusicos, en lugar de un efecto directo del hueso al cerebro".
Dicho de otro modo, la densidad ósea actuaría como un termómetro de la salud general del organismo, y no como el interruptor que enciende el deterioro cerebral. A su vez, la aplicación práctica que proponen los investigadores resulta especialmente atractiva por su bajo coste. Dado que los TAC de tórax se realizan de forma rutinaria para múltiples indicaciones —desde el cribado de cáncer de pulmón hasta el seguimiento de nódulos—, esas mismas imágenes podrían aprovecharse para medir "de propina" la densidad ósea y detectar a las personas con mayor riesgo de deterioro esquelético y neurológico a la vez.
"Las imágenes de diagnóstico contienen una inmensa cantidad de datos que la IA ahora puede sintetizar a gran escala", destaca Demehri, que ve en ello "una oportunidad sólida y novedosa" para conectar patologías del envejecimiento que hasta ahora se estudiaban por separado. Identificar pronto a las personas con baja densidad ósea, señala la doctora Momtazmanesh, permitiría "una detección más temprana y una gestión compartida de los factores de riesgo", especialmente en un colectivo tan vulnerable como el de las mujeres posmenopáusicas.
