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Para muchas personas con artrosis de rodilla llega un momento en que ni los analgésicos ni las infiltraciones son suficientes, pero tampoco son candidatas a una prótesis o no quieren operarse. Entre los tratamientos conservadores y la cirugía de sustitución articular apenas hay opciones, y en ese hueco se sitúa la embolización de las arterias geniculares (GAE, por sus siglas en inglés). Es un procedimiento de radiología intervencionista que ha ganado protagonismo en los últimos años, pues no requiere cirugía y busca reducir el dolor actuando sobre los vasos sanguíneos anómalos que rodean la articulación.

Un estudio publicado en Radiology, la revista de la Sociedad Radiológica de Norteamérica (RSNA), aporta ahora datos a un año sobre una variante de la técnica que usa microesferas de gelatina de reabsorción rápida. Investigadores del Charité-Universitätsmedizin de Berlín trataron a 194 pacientes con artrosis de rodilla (osteoartritis) y dolor resistente al tratamiento conservador. Al cabo de 12 meses, la puntuación mediana de dolor había bajado de 7 a 3 sobre 10. “Para muchos pacientes con artrosis de rodilla existe hoy un verdadero vacío terapéutico”, explica Florian Nima Fleckenstein, subdirector de Radiología Intervencionista del Campus Mitte del Charité y primer autor del trabajo.

¿Qué es la embolización de las arterias geniculares?

La artrosis no solo desgasta el cartílago. Según recogen los autores, el dolor se relaciona también con una inflamación persistente de bajo grado en la articulación, con la formación de vasos sanguíneos anómalos y con el crecimiento de fibras nerviosas sensitivas que acompañan a esos nuevos vasos. La embolización busca cerrar de forma selectiva esa red vascular. Para ello, el radiólogo introduce un catéter por la arteria femoral, en la ingle, lo lleva hasta las arterias geniculares que irrigan la rodilla e inyecta pequeñas partículas que bloquean los vasos patológicos.

“La GAE es un régimen de tratamiento completamente nuevo, dirigido a la hipervascularización anómala alrededor de la articulación, que a su vez modula el entorno neurovascular patológico”, describe Fleckenstein. En este caso se usaron microesferas de gelatina de entre 100 y 300 micras que el organismo reabsorbe con rapidez.

Los autores las plantean como alternativa a los dos agentes más habituales. El más utilizado es el imipenem-cilastatina, un antibiótico que tiene problemas de disponibilidad, se usa fuera de indicación y plantea dudas sobre la resistencia a los antimicrobianos. Las microesferas permanentes, por su parte, al no reabsorberse, pueden aumentar el riesgo de embolizar por error zonas que no se querían tratar.

Médico mostrando un modelo de articulación de rodilla. Imagen de Envato

Menos dolor y mejor calidad de vida

Se trata de un estudio prospectivo realizado en un solo centro, en el que los pacientes fueron incluidos entre julio y noviembre de 2024 y se les hizo seguimiento a las seis semanas y a los tres, seis y doce meses. Participaron 194 personas, 114 mujeres y 80 hombres, con una edad mediana de 69 años. Todas tenían dolor de rodilla por artrosis que no había mejorado tras al menos tres meses de tratamiento conservador, y un comité multidisciplinar valoró cada caso antes de incluirlo. Además, en la mayoría de los pacientes, la enfermedad estaba avanzada.

En la escala radiológica de Kellgren-Lawrence, el 58% de las rodillas tratadas eran de grado III y el 19% de grado IV, el más grave. El 80% de los pacientes llevaba más de dos años con síntomas y, además, 45 participantes (el 23%) recibieron tratamiento en ambas rodillas, por lo que en total se hicieron 239 procedimientos. La embolización tuvo éxito técnico en todos ellos, habiéndose embolizado de media cuatro vasos por rodilla, y el tiempo mediano de fluoroscopia fue de 15,4 minutos.

A su vez, el dolor se midió con una escala numérica del 0 al 10. En este sentido, antes del procedimiento, la puntuación media era de 7; bajó a 4 a las seis semanas y a los tres meses, y a 3 a los seis y a los doce meses. La reducción mediana al cabo de un año fue de cuatro puntos. Igualmente, a los 12 meses, el 80% de los participantes había mejorado en dolor por encima de la diferencia mínima que se considera clínicamente relevante. Los investigadores también usaron el cuestionario KOOS, que evalúa de 0 a 100 distintos aspectos de la rodilla. Entre el inicio y el año de seguimiento, las cinco subescalas mejoraron de forma significativa:

  • Actividades de la vida diaria: de 53 a 71,5 puntos.
  • Deporte y ocio: de 15 a 36.
  • Síntomas: de 51 a 68.
  • Dolor: de 44 a 65.
  • Calidad de vida: de 19 a 40.

Según el estudio, entre el 55% y el 69% de los participantes superó en estas subescalas la diferencia mínima clínicamente relevante. “En nuestra cohorte observamos una caída significativa del dolor y un aumento significativo de la función, incluidas las actividades deportivas, de ocio y de la vida diaria”, resume Fleckenstein. “Y, lo más importante, su calidad de vida aumentó de forma significativa”.

En cuanto a la seguridad, no hubo ninguna complicación moderada ni grave, pero se registraron efectos adversos leves en el 6,7% de los procedimientos: 15 casos de color transitorio en la piel de la rodilla, que desapareció en menos de 24 horas, y un hematoma superficial en la ingle, la zona de punción.

Una opción “entre las infiltraciones y la prótesis”

Los autores defienden que el valor del estudio está en que refleja la práctica clínica real. “Creemos que estos resultados tienen peso porque proceden de datos de vida real”, señala Fleckenstein. “Con este diseño amplio e inclusivo, nuestros participantes son exactamente los pacientes que los médicos atienden a diario en sus consultas”.

El radiólogo plantea la técnica como una alternativa para los pacientes en los que “medidas conservadoras como las infiltraciones intraarticulares ya no proporcionan suficiente alivio, pero la prótesis no es una opción por motivos médicos o personales”. “Para el paciente adecuado, puede suponer un alivio duradero con un único procedimiento mínimamente invasivo: una nueva opción relevante entre las infiltraciones y la prótesis articular”, concluye.

Fleckenstein va más allá y apunta que, al reducir la inflamación y el dolor, la embolización con microesferas reabsorbibles “podría ser el primer procedimiento que modifique el curso de la enfermedad, frenando su progresión”. Es una hipótesis que el estudio no ha comprobado, porque no incluyó pruebas de imagen ni medidas objetivas de la evolución de la artrosis.

Las limitaciones del estudio

Los propios investigadores reconocen varias limitaciones. La principal es que no hubo grupo de comparación, lo que impide separar el efecto real de la embolización de otros factores, como la respuesta placebo, las fluctuaciones naturales de los síntomas o la regresión a la media, es decir, la tendencia de los síntomas muy intensos a suavizarse con el tiempo.

Además, el estudio se hizo en un único centro, lo que limita la extrapolación de los resultados, y no incluyó medidas funcionales objetivas ni pruebas de imagen. A los 12 meses solo había datos de 154 de los 194 participantes, el 79%, lo que puede introducir sesgos. Los autores subrayan que hacen falta datos a más largo plazo para saber cuánto dura el beneficio.