La luz natural es uno de los grandes relojes del cuerpo humano, ya que regula cuándo tenemos sueño, cuándo estamos activos y cómo funcionan multitud de procesos hormonales. El problema está en que muchas personas viven en ciudades y apenas reciben la luz que necesitan. De hecho, en personas mayores, el deterioro de la visión, los problemas de movilidad que dificultan salir a la calle o pasar la mayor parte del día en interiores poco iluminados hacen que su exposición lumínica sea insuficiente, con consecuencias directas sobre el descanso y la salud.
En este sentido, un equipo de la Universidad de Surrey (Reino Unido), que publica sus resultados en la revista Journal of Pineal Research, ha puesto a prueba una solución sencilla: llevar más luz al interior de los hogares. Según sus conclusiones, el uso de lámparas de fototerapia de alta luminosidad y, en general, una mayor exposición lumínica, mejora el sueño, la actividad diurna y los ritmos circadianos de los adultos mayores que viven en ciudades. Los investigadores lo plantean como una vía "no farmacológica y de bajo coste" para promover un envejecimiento más saludable en entornos urbanos, una alternativa a los somníferos y otros tratamientos.
Un experimento en tres ciudades europeas
La particularidad del trabajo es que salió del laboratorio para probarse en la vida real. Enmarcado en el proyecto europeo ENLIGHTENme, el equipo reclutó a más de 200 participantes de entre 63 y 92 años en tres ciudades culturalmente muy distintas y con diferente luz estacional: Tartu (Estonia), Bolonia (Italia) y Ámsterdam (Países Bajos).
Tras dos semanas iniciales de evaluación, los participantes se dividieron en dos grupos. Uno recibió una lámpara de fototerapia y otro sirvió de control, sin lámpara. A quienes usaron el dispositivo se les pidió colocarlo a la altura de la cabeza en la estancia donde pasaban más tiempo, encenderlo una hora después de despertarse y apagarlo como máximo cuatro horas antes de acostarse, durante 12 semanas. Todos llevaron un medidor de actividad en la muñeca y un sensor de luz colgante, y el estudio se repitió en las distintas estaciones para tener en cuenta los cambios de luz natural.
De este modo, los resultados apuntan en una dirección clara. Los participantes con una mayor exposición a la luz presentaban niveles de actividad diurna significativamente más altos, un estado de vigilia más consolidado durante el día y una mejor calidad del sueño que quienes recibían menos luz. "La exposición a la luz diurna es crucial para regular nuestros ritmos circadianos y nuestros patrones de sueño", explica Daan van der Veen, profesor titular de Sueño y Cronobiología en la Universidad de Surrey.
El problema, advierte, es que muchos mayores en las ciudades no reciben esa luz "debido al deterioro de su visión o quizás a problemas de movilidad que les impiden salir al exterior", lo que "puede provocar problemas de sueño y de salud, aumentando su riesgo de padecer enfermedades crónicas".
El "cuándo" también importa
El estudio no solo reparó en la cantidad de luz, sino en el momento de recibirla. Las personas de perfil madrugador ("alondras") que empezaban a usar la lámpara más temprano por la mañana eran significativamente más activas durante el día y tenían unos ritmos de actividad y descanso menos alterados que quienes la usaban más tarde. Del mismo modo, quienes terminaban antes la sesión de luz y reducían así la exposición lumínica por la tarde-noche mostraban un descanso menos fragmentado.
Igualmente, uno de los datos más sugerentes surgió de las mediciones iniciales. Los participantes que ya padecían trastornos metabólicos, es decir, hipertensión, diabetes, obesidad o afecciones cardiovasculares, presentaban niveles de exposición total a la luz significativamente más bajos que quienes no referían ninguno de estos problemas.
Sin embargo, es un hallazgo que conviene interpretar con prudencia, porque describe una asociación y no demuestra que la falta de luz cause esas enfermedades, pero refuerza el interés por el papel de la iluminación en la salud. "Nos entusiasma que los resultados que hemos obtenido en estudios de laboratorio con personas mayores se estén replicando ahora en condiciones de la vida real, con distintos niveles de luz natural y en diferentes culturas", destaca Debra Skene, catedrática de Neuroendocrinología de la misma universidad.
