Coger un libro y disfrutarlo, ya sea un clásico de Jane Austen o una novela gráfica adolescente, tiene un efecto sobre la salud que va mucho más allá del entretenimiento. La lectura por placer se asocia con una mejor salud mental, más empatía y un menor riesgo de demencia, un abanico de beneficios que a menudo se pasa por alto y que empieza en la infancia, pero que puede aprovecharse durante toda la vida.
Sin embargo, la lectura entre niños y adolescentes se encuentra en sus niveles más bajos desde que se tienen registros. Precisamente para poner en valor este hábito, investigadoras de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) han recopilado la evidencia científica disponible en una revisión publicada en la revista Psychological Medicine. Ello se ha elaborado junto a The Queen's Reading Room, la organización benéfica fundada por la reina Camila del Reino Unido, en el marco del Año Nacional de la Lectura británico.
De este modo, el trabajo, firmado por la profesora Barbara Sahakian y la doctora Christelle Langley, del Departamento de Psiquiatría de Cambridge, defiende una idea central: no importa tanto qué se lee ni cómo, sino disfrutarlo, y hacerlo en compañía puede multiplicar las recompensas.
Un hábito que hay que adoptar pronto
Las autoras insisten en que la lectura es una herramienta al alcance de cualquiera y para cualquier momento vital. "Leer es una excelente manera de cuidar la salud de nuestro cerebro, desarrollar habilidades cognitivas importantes y mejorar nuestro bienestar", resume Sahakian, que anima a fomentarla desde la infancia sin descartar a nadie: "Nunca es tarde para empezar, y puede aportar beneficios a lo largo de toda la vida, incluso en la vejez".
Algunas de las pruebas más sólidas proceden de un estudio previo de las propias investigadoras con más de 10.000 jóvenes, que constató que quienes empezaban a leer por placer a una edad temprana mostraban una mejor atención, memoria y función ejecutiva, mayor rendimiento académico, menos problemas de salud mental y estilos de vida más saludables, con más horas de sueño y menos tiempo de pantallas.
El reto es que muchos niños no llegan a engancharse. Por eso Langley propone flexibilidad y buscar la puerta de entrada a cada uno. "Lo importante es encontrar algo que de verdad disfruten", señala la investigadora, que reivindica formatos a menudo menospreciados: "Leer cómics y novelas gráficas también puede ser una buena introducción, ya que pueden resultar menos intimidantes, o incluso menos aburridos, que las novelas".
Menos estrés y más empatía en los adultos
Más allá de la infancia y la adolescencia, en la etapa adulta la lectura se asocia sobre todo con el bienestar. Esto se debe a que reduce el estrés, favorece la relajación, aumenta la empatía y la comprensión hacia los demás y fomenta una actitud más tolerante ante puntos de vista distintos. Tanto es así que los datos con los que cuenta la revisión son elocuentes. La lectura se ha convertido en el método más popular para aliviar el estrés, pues casi dos de cada cinco adultos (un 38 por ciento) eligen los libros como su forma preferida de desconectar.
Es más, un estudio de neurociencia encargado por The Queen's Reading Room en 2024 halló que bastan cinco minutos de ficción para reducir el estrés hasta en un 20 por ciento, además de mejorar la concentración y la capacidad de resolver problemas y ayudar a combatir la sensación de soledad. De hecho, en una encuesta, más personas recurrían a los libros para encontrar consuelo (35 por ciento) que al vino (31 por ciento) o a un baño caliente (10 por ciento).
Protección frente al envejecimiento cerebral
Con todo ello, es quizá en la vejez donde estos efectos cobran más importancia. Las actividades de ocio que estimulan el cerebro, y la lectura de forma destacada, se vinculan a un deterioro cognitivo más lento y a un menor riesgo de demencia en las personas mayores.
La revisión cita, por ejemplo, un estudio con casi 5.500 adultos de 55 años o más en el que quienes participaban con frecuencia en actividades como leer tenían una probabilidad significativamente menor de desarrollar deterioro cognitivo en un seguimiento de cinco años.
A su vez, otro trabajo asoció la lectura de periódicos, revistas y libros con una reducción del 33 por ciento en el riesgo de padecer Alzheimer. A todos estos efectos se le suma el valor de leer acompañado. Los clubes de lectura, apunta Sahakian, aportan un plus gracias a la interacción social.
"Pueden ayudar a las personas a sentirse menos aisladas y más conectadas con los demás, lo que se ha demostrado que reduce el riesgo de demencia", explica la investigadora, que destaca su idoneidad para quienes tienen la movilidad reducida: "No podrán salir con un grupo de ejercicio o de ciclismo, pero un grupo de lectura es algo que casi todo el mundo puede disfrutar".
¿Qué cambia en el cerebro (y qué falta por demostrar)?
Pero, ¿por qué resulta tan beneficioso leer? Los estudios de neuroimagen que recoge la revisión muestran una relación entre la lectura y ciertas diferencias en la estructura cerebral. Así, se observan mayores volúmenes y superficie en regiones implicadas en el lenguaje, el aprendizaje, la regulación emocional y el control ejecutivo, una mejor conectividad de la sustancia blanca y un mayor grosor cortical en áreas clave del lenguaje.
Sin embargo, no hay que precipitarse. Como reconocen las propias autoras, la mayoría de los estudios muestran asociaciones y no relaciones de causa y efecto, aunque empiezan a aparecer indicios de un vínculo causal. Se han observado cambios estructurales en el cerebro tras programas de lectura, si bien la evidencia más directa procede todavía de trabajos pequeños. La conclusión, en cualquier caso, apunta en una dirección clara: hacer sitio a la lectura en el día a día es una inversión sencilla y accesible en la salud del cerebro.
