Cuando se habla de longevidad, mucha gente lo relaciona con vivir más años, sin embargo, eso es solo la mitad del camino. La otra mitad corresponde a llegar a ellos de la mejor forma posible y viviendo esos años de forma plena. De este modo, en una sociedad que envejece, la gran pregunta ya no es únicamente cuánto viviremos, sino en qué condiciones lo haremos, y el cerebro ocupa un lugar central en esta ecuación.
Por qué algunas personas conservan una notable agilidad mental pasados los 65, mientras otras notan antes el deterioro, es una de las claves de la longevidad saludable, y la ciencia apunta cada vez con más fuerza a una idea: lo que hacemos con la mente a lo largo de toda la vida deja una huella que nos protege en la vejez. Esta huella recibe el nombre de reserva cognitiva y es la protagonista de dos investigaciones de la Escuela Internacional Superior de Estudios Avanzados (SISSA) de Trieste (Italia), publicadas en las revistas Neuropsychology y Brain Sciences.
Ambas analizaron cómo rinden las personas mayores de 65 años en distintas tareas mentales con el fin de identificar qué factores ayudan a preservar la función cognitiva con el paso de los años. Sus conclusiones colocan en el centro dos grandes aliados de un cerebro longevo: uno intelectual, la reserva cognitiva, y otro emocional, la manera en que gestionamos lo que sentimos.
La reserva cognitiva, un "colchón" para toda la vida
La reserva cognitiva es el conjunto de recursos mentales que una persona acumula a lo largo de su vida a través de la educación, la experiencia profesional y las actividades de ocio intelectualmente estimulantes. La hipótesis de fondo es que ese bagaje permite al cerebro afrontar mejor los cambios asociados a la edad, echando mano de estrategias más eficientes cuando las cosas empiezan a costar más. Es, en esencia, una inversión a largo plazo, ya que se construye durante décadas y rinde beneficios justo cuando más se necesita.
El primer estudio lo puso a prueba con una tarea de fluidez verbal: generar en pocos segundos tantas palabras como fuera posible a partir de una letra, una categoría o una emoción. El equipo, liderado por Elisabetta Pisanu y Stefania Lucia, se centró en un detalle revelador. "En nuestros experimentos, nos centramos en lo que ocurre durante los primeros 10 segundos de una tarea de fluidez verbal, cuando las personas buscan las palabras adecuadas para expresar sus ideas", explica Pisanu.
En esos primeros instantes, los mayores de 65 años ya muestran un descenso del rendimiento que, en las personas con alta reserva cognitiva, se reduce e incluso puede desaparecer. El dato más contundente, y el que mejor ilustra el potencial de la longevidad cerebral, llegó al comparar generaciones. El experimento enfrentó a 38 adultos jóvenes (de unos 24 años de media) con 44 mayores sanos (en torno a los 70). Y aunque los jóvenes rendían mejor de forma global, los mayores con una reserva cognitiva alta alcanzaron un desempeño estadísticamente indistinguible del de los jóvenes, mientras que los de reserva baja quedaron claramente por detrás.
"La reserva cognitiva ayuda a mantener el cerebro 'joven', al menos en lo que respecta al lenguaje y la recuperación de palabras", resume el equipo investigador. Hay, además, un matiz interesante de cara a construir esa reserva: el componente que más pesó no fue la educación formal recibida en la juventud, sino la complejidad de la vida laboral mantenida a lo largo de los años, lo que sugiere que el cerebro se sigue "entrenando" mucho más allá de las aulas.
Médico atiende a persona mayor.
El peso de las emociones (y el precio de reprimirlas)
Un cerebro que envejece bien no depende solo de su 'entrenamiento muscular' sino también de cómo se gestionan las emociones que vive. Las dos investigaciones coinciden en que los mayores recuerdan y manejan con más facilidad los estímulos asociados a emociones positivas que los vinculados a las negativas, un fenómeno que la literatura científica conoce como "sesgo de positividad" del envejecimiento. De este modo, el hallazgo más llamativo en este terreno tiene que ver con contener lo que sentimos.
El estudio identificó que las personas con una mayor tendencia a la supresión expresiva —reprimir de forma habitual la manifestación externa de sus emociones— rendían peor en la tarea de fluidez emocional, con independencia de la edad. La explicación que manejan los autores es que ese esfuerzo constante por tapar las emociones consume recursos mentales y reduce el acceso a los propios contenidos emocionales, restando eficacia a otras funciones cognitivas. Envejecer bien, sugiere el trabajo, también pasa por no vivir emocionalmente "en tensión".
La segunda investigación, publicada en Brain Sciences, reforzó esta doble influencia con una tarea de memoria de trabajo. "Cuando la tarea implica contenido emocional, los adultos mayores rinden mejor: parecen ser más eficientes", precisa Lucía. En ese trabajo, la inteligencia emocional no mejoró la precisión de las respuestas, pero sí cambió la forma de procesar la información: "Las personas con mayor inteligencia emocional tardan más en responder a los estímulos emocionales, probablemente porque dedican mayores recursos atencionales y cognitivos a procesarlos", detalla. Lejos de ser un signo de dificultad, matiza, refleja "un procesamiento más profundo y exhaustivo".
Una hoja de ruta prometedora, con cautelas
La investigadora principal de ambos trabajos, la neurocientífica Raffaella Rumiati, subraya su doble utilidad: mejorar las herramientas para estudiar el envejecimiento cognitivo e identificar los factores que protegen la mente con los años. Aun así, llama a la prudencia y reconoce que los resultados, aunque "prometedores", tendrán que confirmarse con más profundidad en futuros estudios.
Conviene tener presente esa cautela. Se trata de investigaciones de tamaño reducido —82 personas en un caso, 45 en el otro— y de diseño transversal, por lo que describen asociaciones, no relaciones de causa y efecto garantizadas; los propios autores advierten, además, de que sus muestras tenían un nivel educativo relativamente alto y procedían de una única zona geográfica.
Con todo ello, la lectura de fondo encaja con lo que ya apuntan otras líneas de investigación sobre envejecimiento saludable: llegar a la vejez con una vida intelectual, laboral y emocionalmente rica es una de las mejores inversiones para un cerebro que aspire a vivir muchos años en buena forma, aunque no exista un "truco" único ni infalible.
