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El trastorno por consumo de alcohol es, según la Organización Mundial de la Salud, la alteración por uso de sustancias más frecuente del planeta, y afecta a en torno al 7% de la población mundial mayor de 15 años. Además, desde hace décadas se sabe que el aislamiento social es uno de los factores que más empujan hacia el consumo excesivo.

De este modo, vivir solo se ha asociado a mayor mortalidad relacionada con el alcohol, y la soledad durante la pandemia disparó los episodios de consumo intensivo en muchas personas. Lo que no se sabía hasta ahora era qué ocurre exactamente en el cerebro para que la soledad se traduzca en más copas y el motivo por el cual los hombres tienen más tendencia al consumo de alcohol en estas situaciones que las mujeres.

En este sentido, un equipo liderado por la neurocientífica Kay M. Tye, del Instituto Salk, cree haber encontrado esa pieza que faltaba. En un estudio publicado en Nature Neuroscience, los investigadores identifican un circuito cerebral concreto que conecta la amígdala con la corteza prefrontal. Esta unidad es capaz de predecir, e incluso de causar, el aumento del consumo de alcohol tras el aislamiento social. El hallazgo, eso sí, tiene un matiz importante: se ha demostrado en ratones, y solo en los machos, ya que las hembras respondieron al aislamiento exactamente al revés.

El circuito que conecta la amígdala con la corteza prefrontal

El protagonista del estudio es la vía que conecta la amígdala basolateral (BLA), una región clave en el procesamiento de las emociones y la respuesta al estrés, con la corteza prefrontal medial (mPFC), el área encargada de regular el comportamiento, la toma de decisiones y la motivación. Esta conexión, conocida como circuito BLA-mPFC, ya se sabía que participaba en el comportamiento social, pero su papel concreto en el consumo de alcohol no se había establecido hasta ahora.

Para estudiarlo, el equipo sometió a ratones macho y hembra a sesiones diarias de una hora en las que podían elegir libremente entre alcohol al 15% y agua, tanto en condiciones de convivencia grupal como durante 11 días de aislamiento social completo. El primer hallazgo ya resultó llamativo: el aislamiento disparó el consumo de alcohol en los machos, con un pico tras aproximadamente una semana que se mantuvo elevado después, mientras que en las hembras provocó justo el efecto contrario, reduciendo su consumo.

Esa diferencia de comportamiento tenía una relación exacta en el cerebro. El aislamiento aumentó la excitabilidad del circuito BLA-mPFC en los machos, pero la redujo en las hembras, reflejando con precisión sus respuestas conductuales opuestas. Dado que la respuesta divergía tanto entre sexos, el equipo centró el resto de experimentos, más invasivos, en los ratones macho.

Un circuito que predice cuánto va a beber un ratón

Con técnicas de imagen de calcio de resolución celular, los investigadores registraron la actividad de estas neuronas mientras los ratones bebían. Descubrieron que la actividad del circuito BLA-mPFC permitía distinguir, con una precisión incluso mayor que la de otras neuronas de la amígdala, si un ratón estaba bebiendo alcohol o agua. Más allá de eso, cuanto más se activaba este circuito ante el alcohol, más bebía después el animal, una correlación que no aparecía ni con el agua ni con otras neuronas de la amígdala sin esta conexión específica.

Hombre solitario en casa / Envato

El paso decisivo para demostrar que no se trataba solo de una correlación fue manipular directamente el circuito con optogenética, una técnica que permite activar o silenciar neuronas concretas con luz. Al activar la vía BLA-mPFC cada vez que el ratón bebía, el equipo observó que los animales alargaban sus tragos y bebían más alcohol, sin que aumentara su consumo de sacarosa ni de agua. Es decir, el efecto era específico del alcohol.

El experimento inverso confirmó la relación de causa y efecto. Al inhibir este mismo circuito en ratones previamente aislados, el número de tragos de alcohol se redujo de forma significativa, sin alterar el consumo de agua. El circuito, por tanto, no solo predice el consumo de alcohol, sino que lo provoca.

El papel de la jerarquía social

Por su parte, otro de los descubrimientos más reveladores de la investigación tiene que ver con cómo cambia la forma en que el cerebro procesa las recompensas durante el aislamiento. Antes de aislar a los ratones, sus neuronas de la corteza prefrontal apenas respondían al alcohol. Tras el aislamiento, esa respuesta se disparó. Al mismo tiempo, la respuesta de esas mismas neuronas ante la sacarosa —una recompensa natural y placentera para los ratones— se redujo.

A su vez, cuando los investigadores estimularon artificialmente el circuito BLA-mPFC en ratones que ni siquiera habían sido aislados, reprodujeron exactamente ese mismo patrón: menos interés por el azúcar, más por el alcohol. Es, en definitiva, una especie de reconfiguración del sistema de recompensa del cerebro que empuja hacia el alcohol y aleja de otros placeres cotidianos.

Pero esto no es todo, pues el estudio también aporta una visión interesante sobre la vida en grupo. De hecho, sin llegar al aislamiento completo, la posición que cada ratón ocupaba en la jerarquía social de su grupo influía en su consumo. Los animales subordinados bebían más alcohol que los dominantes, y presentaban también una mayor excitabilidad basal en el circuito BLA-mPFC. Esto sugiere que no hace falta el aislamiento extremo para que este mecanismo entre en juego, pues la propia posición social desfavorable dentro de un grupo ya deja huella en este circuito.

De los ratones a las personas: qué significa este hallazgo

Conviene ser prudentes con las conclusiones. Se trata de un estudio en ratones, y trasladar directamente estos resultados a las personas requeriría investigación adicional. Pero el paralelismo con lo que se observa en la clínica humana es difícil de ignorar. En personas con problemas de alcohol, una mayor respuesta de la corteza prefrontal ante señales asociadas al alcohol se relaciona con más ansia de consumo y más riesgo de recaída, justo el patrón que este estudio reproduce en ratones tras el aislamiento.

Los propios autores plantean que su hallazgo podría ayudar a explicar, a nivel de circuito cerebral, por qué la soledad es un factor de riesgo tan consistente para el consumo problemático de alcohol, y por qué ese riesgo no afecta por igual a todo el mundo.