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Envejecer no solo cambia la piel o el pelo, sino que también pone a prueba la fuerza muscular y la capacidad de hacer tareas tan básicas como subir escaleras, levantarse de una silla o cargar la compra. Un nuevo estudio de la Universidad de Sharjah (Emiratos Árabes Unidos), publicado en la revista Nutrients, señala un factor que puede acelerar ese deterioro y que, a la vez, es relativamente fácil de corregir. La investigación ha detallado cómo comer con poca frecuencia alimentos ricos en proteínas, como huevos, legumbres, pescado o pollo, puede afectar de forma negativa a la función física.

El equipo, liderado por Rizwan Qaisar, profesor asociado de fisiología de células musculares, analizó datos de más de 38.000 adultos mayores de 50 años procedentes de 27 países europeos, recogidos a través de la Encuesta sobre Salud, Envejecimiento y Jubilación en Europa (SHARE). El seguimiento a lo largo de varios años permitió comparar los hábitos alimenticios de los participantes con la evolución de su fuerza física y su capacidad para realizar actividades cotidianas, y la conclusión es clara. Quienes comían con menos frecuencia alimentos proteicos tenían más probabilidades de perder fuerza muscular y de encontrar dificultades crecientes en su día a día.

Para medir el consumo de proteínas, los investigadores no recurrieron a suplementos ni a dietas experimentales, sino a los hábitos alimenticios reales de los participantes. Preguntaron con qué frecuencia semanal comían lácteos, legumbres o huevos, y carne, pescado o pollo, y con esas respuestas construyeron un índice de ingesta proteica. Se consideró que tenían una ingesta baja aquellos participantes situados en el decil más bajo de ese índice, es decir, el 10% de la muestra que comía con menos frecuencia este tipo de alimentos.

El propio reparto de la muestra confirma que se trata de un hábito minoritario, pero no anecdótico. En torno al 9,5% de los más de 38.000 participantes se situaba en ese grupo de ingesta baja, con una prevalencia ligeramente superior entre los hombres que entre las mujeres.

Caminar, subir escaleras y hacer la compra: lo que más se resiente

Los resultados muestran una asociación consistente entre la baja ingesta de proteínas y distintas formas de deterioro físico. "Los datos mostraron que las personas con una ingesta de proteínas consistentemente baja tenían más probabilidades de reportar problemas para caminar distancias cortas, subir escaleras, alcanzar objetos por encima de la cabeza o realizar tareas cotidianas como ir de compras", explica Qaisar.

La dificultad para caminar 100 metros fue, de hecho, uno de los hallazgos más sólidos del estudio, con un riesgo entre un 25% y un 53% mayor en los grupos con menor ingesta proteica, según la edad y el sexo. Los investigadores también detectaron una peor fuerza de agarre manual —medida con un dinamómetro y considerada un indicador fiable de fragilidad— especialmente entre los hombres, con un riesgo entre un 35% y un 39% mayor de tener una fuerza de agarre baja.

Igualmente, uno de los aspectos más llamativos del estudio es que el impacto de comer menos proteína no fue igual para todos los perfiles. En los hombres, la asociación más marcada apareció en la pérdida de fuerza de agarre y en tareas que exigen fuerza física, como empujar o tirar de objetos grandes, con un riesgo hasta un 44% mayor entre los más jóvenes del estudio (50 a 65 años).

En las mujeres, en cambio, el patrón se desplazó hacia las limitaciones de movilidad y las tareas cotidianas. El hallazgo más llamativo apareció entre las mujeres de 50 a 65 años, que con una ingesta baja de proteínas tenían más del doble de probabilidades de tener dificultades para usar el baño de forma autónoma, además de un riesgo un 65% mayor de tener problemas para ir a hacer la compra. "Estas asociaciones fueron particularmente notables en los adultos mayores, y los patrones difirieron un poco entre hombres y mujeres", añade Qaisar.

¿Por qué una dieta pobre en proteínas afecta a la autonomía?

Para explicar el mecanismo detrás de estos datos, Qaisar recurre a algo tan cotidiano como caminar o levantarse de una silla. "Los movimientos sencillos como caminar, ponerse de pie o cargar la compra requieren fuerza muscular, equilibrio y coordinación", señala. El problema surge cuando esa demanda no se ve acompañada de suficiente proteína en la dieta: "Cuando la ingesta de proteínas es baja durante periodos prolongados, el cuerpo puede tener dificultades para mantener estas funciones, lo que aumenta el riesgo de deterioro funcional y pérdida de independencia".

Los propios autores del estudio subrayan que estas limitaciones no se quedan en una simple molestia cotidiana: aumentan también el riesgo de caídas, de hospitalización y de acabar necesitando una residencia o un centro de larga estancia. Un deterioro funcional que, insisten, tiene un origen múltiple —cambios musculoesqueléticos, neurológicos y nutricionales—, pero en el que la alimentación juega un papel que sí se puede corregir.

Una intervención sencilla frente a un problema que va a crecer

Frente a otros factores del envejecimiento que resultan más difíciles de modificar, los investigadores destacan precisamente eso: que los hábitos alimenticios se pueden cambiar. Identificar a tiempo a los adultos mayores con un consumo bajo de proteínas podría abrir la puerta a intervenciones tempranas y de bajo coste, centradas en alimentos tan accesibles como la leche, el yogur, los huevos, las legumbres, el pescado o las aves de corral, con el objetivo de preservar la movilidad, la independencia y la calidad de vida durante más años.