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La relación entre el intestino y el cerebro ha dejado de ser una hipótesis para convertirse en una de las líneas de investigación más prometedoras en salud mental. En los últimos años, la evidencia científica ha reforzado el papel de la microbiota intestinal en procesos relacionados con la depresión, la ansiedad o el deterioro cognitivo, hasta el punto de que los denominados psicobióticos comienzan a abrirse paso como una herramienta complementaria a los tratamientos convencionales.

Sin embargo, los expertos consultados por Redacción Médica advierten de que todavía no pueden considerarse una terapia sustitutiva y que su incorporación a la práctica clínica debe realizarse de forma muy selectiva y respaldada por la evidencia. "Cada vez hay más estudios que muestran que la microbiota intestinal influye en el funcionamiento del cerebro a través del denominado eje intestino-cerebro", explican Marina Romaní y Ana Agustí, investigadoras del Instituto de Agroquímica y Tecnología de Alimentos (IATA), dependiente del CSIC.

Las expertas recuerdan que los microorganismos intestinales participan en la producción de metabolitos, neurotransmisores y moléculas con capacidad para modular la respuesta inflamatoria y el sistema inmunitario, factores estrechamente relacionados con diversas enfermedades psiquiátricas. No obstante, matizan que, "aunque la evidencia es muy prometedora, aún no puede afirmarse que modificar la microbiota sea un tratamiento de primera línea para los trastornos mentales".

Los psicobióticos empiezan a encontrar su espacio

Donde sí comienza a apreciarse un cambio es en la utilización de determinadas estrategias dirigidas a modular la microbiota como complemento del tratamiento habitual. Romaní y Agustí explican que los psicobióticos (fundamentalmente determinados probióticos y prebióticos con efectos demostrados sobre el eje intestino-cerebro) están mostrando resultados especialmente interesantes en pacientes con depresión.

"Los beneficios observados hasta ahora son modestos, pero consistentes en algunos estudios", apuntan. Las investigadoras insisten en que estas intervenciones no sustituyen a los antidepresivos ni a la psicoterapia, sino que podrían incorporarse como una estrategia adicional en pacientes concretos. También destacan que los resultados no son extrapolables a cualquier producto comercializado como probiótico. "Los efectos dependen de cepas muy específicas y no pueden generalizarse", advierten.

“La salud mental podría estar regulada en parte por la microbiota intestinal”

Otra de las principales cuestiones que todavía intenta resolver la investigación es identificar qué pacientes podrían beneficiarse. Las expertas del CSIC consideran que la evidencia más sólida se concentra actualmente en personas con depresión y ansiedad, especialmente cuando presentan alteraciones metabólicas o inflamatorias asociadas. Sin embargo, recuerdan que también existen líneas de investigación abiertas en enfermedades neurodegenerativas, trastornos del neurodesarrollo y deterioro cognitivo, aunque en estos casos los resultados continúan siendo preliminares.

"La microbiota probablemente no tenga el mismo papel en todos los pacientes", señalan. Precisamente por ello, una de las grandes líneas de investigación actuales consiste en avanzar hacia intervenciones más personalizadas según las características biológicas de cada individuo.

Convertir la evidencia en práctica clínica

Desde la práctica clínica, el mensaje coincide con el de la investigación básica. Eduard Vieta, director del Instituto de Neurociencias del Hospital Clínic Barcelona, considera que la evidencia disponible ya permite empezar a incorporar estos conocimientos, aunque siempre como parte de un abordaje integral. "Los psicobióticos pueden tener un papel como complemento del tratamiento de la depresión, pero nunca como sustitutos de las terapias que ya han demostrado eficacia", afirma.

El psiquiatra explica que algunos pacientes con depresión podrían beneficiarse especialmente cuando presentan alteraciones digestivas o procesos inflamatorios asociados, si bien insiste en que la selección debe realizarse de forma individualizada. A su juicio, el futuro pasa por una psiquiatría cada vez más personalizada, donde factores como la genética, la inflamación o la composición de la microbiota contribuyan a decidir el tratamiento más adecuado para cada paciente.

Pese al entusiasmo que despierta este campo, los especialistas coinciden en que todavía existen importantes desafíos antes de que estas estrategias puedan incorporarse de forma generalizada. Romaní y Agustí destacan la necesidad de realizar ensayos clínicos más amplios, con metodologías homogéneas y seguimiento a largo plazo que permitan identificar qué cepas son realmente eficaces y en qué perfiles de pacientes.

Además, recuerdan que la microbiota está influida por numerosos factores, entre ellos la alimentación, la actividad física, el sueño o la toma de medicamentos, lo que dificulta aislar el efecto de una única intervención. Por su parte, Vieta considera imprescindible evitar generar falsas expectativas entre los pacientes. "Estamos ante un campo muy prometedor, pero todavía en desarrollo", resume.

Los tres expertos coinciden en que el eje intestino-cerebro representa una de las áreas con mayor potencial de crecimiento dentro de la investigación biomédica. Aunque aún no ha transformado por completo la práctica clínica, la evidencia acumulada comienza a modificar la forma en que se entiende la salud mental.