La carrera de Medicina es una de las más exigentes y complicadas de todo el catálogo de grados universitarios. Cursarla es casi una carrera de resistencia, con clases cada mañana, prácticas por la tarde, temarios densos y exámenes que se acumulan al final. Para la mayoría de los estudiantes, un solo cuatrimestre es un reto, pero hacer dos a la vez es algo casi impensable, menos para Jimena Ruiz.
Durante un cuatrimestre, esta sevillana de 20 años cursó en la Universidad de Sevilla el segundo cuatrimestre de primero y el de segundo al mismo tiempo: ocho asignaturas, tres de un curso y cinco del otro, con las clases solapadas y las prácticas encadenadas. Hasta su madre lo veía como "una barbaridad". Además, como la mayoría de las clases de los dos cursos coincidían, apenas pisó el aula.
"Son tres horas de clase al día y me coincidían todas", explica a Redacción Médica. Estudiaba en la biblioteca, cambiaba prácticas con compañeros y aprovechaba cada fin de semana. Hoy está en tercero y tiene claro que no volvería a hacerlo.
De Odontología a Medicina
Pero su historia como estudiante de Medicina comienza en otra facultad. Como Jimena no quería abandonar Sevilla, empezó Odontología y, tras finalizar el primer curso, volvió a solicitar la plaza en Medicina. Esta vez sí consiguió vacante y le convalidaron buena parte de las asignaturas que ya había aprobado en el anterior grado.
De este modo, el primer cuatrimestre se le quedó casi vacío, con solo tres asignaturas. En el segundo, en cambio, no le convalidaron nada, por lo que tenía dos opciones: repartir las asignaturas pendientes a lo largo de los cursos siguientes o hacerlo todo de golpe. "Decidí hacerlo todo del tirón para aprovechar y disfrutar más de las asignaturas en los años siguientes", cuenta. Lo contrario habría supuesto ir arrastrando asignaturas de segundo hasta tercero o cuarto.
Además, la normativa de la Universidad de Sevilla le dejaba margen, ya que permite "matricularte de 90 créditos". Jimena se matriculó primero completo, porque es obligatorio, y mientras la universidad "va tramitando las convalidaciones, tú vas haciendo las asignaturas que sabes que no te van a convalidar. En mi caso fueron tres, aunque me matriculé de todas, solo hacía esas tres", cuenta la estudiante.
Jimena, además, en enero aprovechó el plazo de ampliación de matrícula para añadir las asignaturas del segundo cuatrimestre de segundo curso hasta completar esos 90 créditos.
Jimena Ruiz, en una practica en la Universidad de Sevilla
Una organización minuciosa
Desde que decidió cursar dos cuatrimestres en uno, lo que primó fue la organización, de hecho, con las clases solapadas, Jimena tomó una decisión práctica. "Como después de clase siempre tenía prácticas, decidí no ir y aprovechaba esas tres horas para estudiar en la biblioteca". Luego encadenaba una o dos sesiones de prácticas, según el día, y aprovechaba los fines de semana y cualquier rato libre.
Es en las clases prácticas donde se encontraba uno de los problemas, ya que también le coincidían y tenía que cambiarlas con compañeros, algo que la facultad permite siempre que se hagan. Cuando no encontraba con quién cambiar, acudía al profesor. "Me lo facilitaban todo", asegura. De este modo, organizarse era el gran reto, sin embargo, admite que no fue lo que más le costó. "Sé organizarme muy bien y me conozco: sé cuántas horas puedo estudiar", explica.
Lo más duro llegó al final. "Las prácticas van por orden alfabético, y como yo soy la R, siempre se me acumulaban al final. Era el último empujón y tenía menos tiempo que nadie", detalla Jimena. Además, con los exámenes a la vuelta de la esquina, el cansancio pesaba. "Yo decía: 'Los quiero hacer ya, me los quiero quitar ya'", recuerda. "Al fin y al cabo, llevas cuatro meses estudiando una barbaridad".
Las reglas de oro
Si aguantó el ritmo, explica, fue en parte porque no se lo planteó como una obligación. "Lo de los dos cuatrimestres no me lo puse como un objetivo de 'me lo tengo que sacar'. Era más bien: si no lo consigo, no pasa nada".
Se impuso algunas reglas. Los fines de semana no ponía alarma: "Si ese día tenía que dormir más, dormía". Quedaba con amigos para estudiar en la biblioteca y tomarse algo después. Y cuando la presión apretaba, paraba. Una ducha, un paseo, una carrera si había tiempo o un rato de charla con su madre. "Esos eran los momentos en los que me despejaba, y después volvía con más ganas".
Además, todo su entorno le apoyó en la decisión, aunque a su madre le parecía "una barbaridad" coger ocho asignaturas y le repetía que no pasaba nada si no las aprobaba todas, que tenía muchas convocatorias. Sus amigos opinaban lo mismo, pero insistían en que saliera a despejarse."Yo era mucho de 'no, no voy a salir porque quiero aprovechar un ratito más'", reconoce.
Sin embargo, admite que no lo volvería a hacer, pero se lo recomienda a otros estudiantes. "Yo lo intentaría, porque no pierdes nada", afirma. Pero advierte de que no es para todo el mundo. "Si no sabes llevar bien la presión, a lo mejor no te metas ocho asignaturas. Creo que cada uno debe conocerse", concluye.
