Los estudiantes de Medicina no tienen por qué limitarse a responder las preguntas que otros diseñan. También pueden participar en la elaboración de las pruebas con las que se evalúan sus competencias. Esa es una de las ideas centrales de un estudio publicado en BMC Medical Education que analiza la puesta en marcha de un examen clínico estructurado en la Hannover Medical School (MHH), en Alemania, y el papel que tuvieron los propios estudiantes en su desarrollo.
La investigación parte de una cuestión cada vez más relevante en la educación médica: cómo conseguir que las evaluaciones no midan únicamente conocimientos teóricos, sino también la capacidad de desenvolverse ante situaciones clínicas reales. Para ello, el proyecto incorporó a los estudiantes como participantes en el proceso de diseño, permitiéndoles aportar su perspectiva sobre las situaciones que deberían formar parte de la evaluación y sobre las competencias que consideraban necesarias antes de iniciar su periodo de prácticas clínicas.
Del estudiante evaluado al estudiante que participa
El modelo desarrollado en la MHH se articuló alrededor de un examen de tipo OSCE (Objective Structured Clinical Examination), una modalidad que permite evaluar mediante diferentes estaciones aspectos como la toma de decisiones, la comunicación con pacientes y familiares o la realización de procedimientos clínicos.
La elaboración del examen comenzó con 34 escenarios clínicos que posteriormente fueron revisados y desarrollados mediante talleres interdisciplinarios. El objetivo era seleccionar situaciones que representaran actividades profesionales que los estudiantes deberían poder realizar con un determinado grado de autonomía. En este proceso, la perspectiva de los alumnos permitió acercar el contenido de la evaluación a su propia experiencia formativa.
El examen definitivo quedó compuesto por ocho escenarios de ocho minutos de diferentes áreas, entre ellas Medicina Interna, Cirugía, Pediatría, Ginecología y Obstetricia, Medicina General y Medicina de Urgencias. Las pruebas combinaban habilidades prácticas con comunicación y toma de decisiones.
Diseñar también es aprender
La participación estudiantil adquiere especial relevancia porque convierte la evaluación en algo más que una prueba final. Los alumnos pueden identificar qué consideran que necesitan saber hacer, qué situaciones clínicas les generan mayor inseguridad y qué competencias deberían demostrar antes de dar el salto a un entorno hospitalario.
Los resultados de la evaluación posterior apuntan precisamente en esa dirección. De los 245 estudiantes que participaron en la encuesta, 224 completaron el cuestionario. La valoración media del examen fue de 10,90 sobre 15, mientras que el 41 por ciento afirmó haber experimentado un aprendizaje “grande” o “muy grande” como consecuencia de la experiencia.
Los autores interpretan estos resultados como una señal de que la participación activa en el proceso de evaluación puede contribuir a que los estudiantes comprendan mejor qué competencias necesitan desarrollar y cómo estas se relacionan con su futura actividad profesional.
Una prueba para acercarse a la práctica real
El examen se diseñó específicamente para comprobar la preparación de los estudiantes antes de comenzar el denominado Practical Year, el periodo de formación clínica práctica del sistema médico alemán. En 2024 participaron 278 estudiantes, distribuidos en 15 circuitos de evaluación.
Cada alumno podía obtener un máximo de 800 puntos y la puntuación media fue de 603,08, equivalente al 75,2 por ciento del máximo. Un total de 270 estudiantes superaron el umbral establecido, mientras que ocho no lo alcanzaron.
Más allá de las calificaciones, el interés del modelo reside en que las situaciones evaluadas intentan reproducir actividades que forman parte del trabajo clínico. Así, el examen busca comprobar no solo si el alumno sabe una determinada información, sino si puede utilizarla para actuar, comunicarse y tomar decisiones ante un paciente.
La presión del examen también aparece
La experiencia, sin embargo, no estuvo exenta de dificultades. Los estudiantes señalaron especialmente la presión provocada por el tiempo limitado de las estaciones y el estrés asociado a tener que demostrar sus competencias en pocos minutos.
Precisamente por eso, algunos participantes plantearon que este tipo de evaluación podría tener un mayor valor si se utilizara también con una finalidad formativa y no únicamente para decidir si un alumno supera o no una prueba.
La organización del examen también exigió un importante despliegue de recursos. Participaron 81 examinadores y 63 pacientes estandarizados, con aproximadamente 520 horas de trabajo de examinadores y 750 horas de participación de pacientes. El proceso ocupó 7,5 días y comprendió 120 sesiones de examen.
Hacia una evaluación construida con los estudiantes
El estudio no demuestra que participar en el diseño del examen provoque directamente una mejora de las competencias clínicas. Los propios investigadores señalan que se trata de un estudio descriptivo realizado en una única institución y sin grupo de comparación.
Pero la experiencia plantea una cuestión de fondo: si los estudiantes participan en definir qué significa estar preparado para ejercer, la evaluación puede convertirse también en una herramienta para comprender mejor la propia práctica clínica.
La Hannover Medical School comenzó a integrar el PJ-OSCE en su currículo durante el curso 2023/24 y lo convirtió en una evaluación sumativa desde 2025/26. El cambio supone trasladar parte del foco desde el estudiante como receptor de una evaluación hacia el estudiante como participante en su construcción. En ese modelo, evaluar deja de ser únicamente comprobar lo que el futuro médico sabe y pasa también por preguntarle qué considera necesario saber hacer para enfrentarse a la realidad clínica.
