No siempre hace falta que un médico presente su dimisión para que un hospital pierda parte de su talento. A veces, el profesional permanece en su puesto, cumple con sus obligaciones formales y, sin embargo, deja de aportar aquello que va más allá de lo estrictamente exigido: participación, iniciativa, aprendizaje, colaboración o implicación. Es lo que se conoce como "renuncia silenciosa" o quiet quitting.
Y es que un nuevo estudio realizado entre médicos residentes de un hospital universitario terciario de Turquía pone cifras a este fenómeno y apunta hacia un problema que va más allá del cansancio individual. Los resultados relacionan una mayor renuncia silenciosa con la violencia psicológica ejercida por responsables o compañeros de mayor rango y con la percepción de que los ingresos son insuficientes. El trabajo, publicado como artículo aceptado en BMC Medical Education, analizó a 284 residentes.
¿Hasta dónde llega la renuncia silenciosa en Medicina?
La renuncia silenciosa no significa necesariamente abandonar el trabajo o trabajar deliberadamente mal. El estudio la define como permanecer en el puesto mientras se limita el esfuerzo a lo que se considera formalmente obligatorio y se reduce la contribución discrecional. En Medicina, esa distinción resulta especialmente importante: un MIR puede completar sus tareas clínicas, pero al mismo tiempo retirarse de actividades docentes, pedir menos retroalimentación, participar menos en el equipo o reducir su aprendizaje autónomo.
El fenómeno cobra una dimensión particular durante el MIR, una etapa en la que el médico combina formación supervisada y prestación de servicios. Por eso, una desconexión progresiva no afecta únicamente al bienestar del profesional. También puede tener implicaciones para su formación y, potencialmente, para la capacidad futura del sistema sanitario de retener médicos comprometidos.
Los datos del estudio son reveladores. La puntuación mediana de renuncia silenciosa fue de 40 sobre 80. Utilizando las categorías descriptivas desarrolladas para la escala empleada, 62 residentes -el 21,8 por ciento- se situaron en los niveles moderado o grave. Los autores advierten, no obstante, de que estas categorías no son umbrales clínicos ni constituyen un diagnóstico.
La violencia en el hospital, uno de los factores clave
El contexto laboral ayuda a entender los resultados. El 77,1 por ciento de los residentes declaró haber sufrido violencia verbal por parte de pacientes o familiares durante los 12 meses anteriores. El 59,5 por ciento señaló violencia psicológica procedente de responsables o compañeros de mayor rango. También se registraron episodios de violencia física, acoso sexual y mobbing entre compañeros.
Además, apareció un patrón acumulativo: cuantos más tipos de violencia había experimentado un residente, mayor era su puntuación de renuncia silenciosa. Entre quienes no habían sufrido ninguno de los cinco tipos de violencia estudiados, la media era de 34 puntos; entre quienes habían experimentado los cinco, ascendía a 54. En el análisis ajustado, cada tipo adicional de violencia se asoció con 3,60 puntos más en la escala.
Pero no toda la violencia tuvo el mismo peso. Tras ajustar por diferentes características personales, laborales y profesionales, la asociación más consistente correspondió a la violencia psicológica ejercida por responsables o compañeros sénior. Su presencia se relacionó con 5,59 puntos adicionales en la escala de renuncia silenciosa. La percepción de ingresos insuficientes también mantuvo una asociación independiente, con 4,57 puntos adicionales.
Una desconexión vinculada al agotamiento
La desconexión laboral, además, apareció estrechamente vinculada con otros indicadores de desgaste profesional. El componente de "desconexión del empleado" se correlacionó con una mayor intención de abandonar el puesto, menor compromiso laboral, mayor agotamiento emocional y mayor despersonalización. En los modelos ajustados, esa desconexión siguió asociándose con estos resultados incluso después de excluir de la escala los elementos que medían directamente agotamiento emocional y despersonalización.
Entre los propios residentes que cumplían los criterios para responder sobre las posibles causas de la renuncia silenciosa, la explicación más frecuente fue el aumento de la carga de trabajo, señalada por el 76,7 por ciento. Le siguieron las condiciones laborales desfavorables, con un 66,7 por ciento, los salarios bajos, con un 58,4 por ciento, el desequilibrio entre vida laboral y personal y los problemas de comunicación.
El mensaje del estudio, sin embargo, no es que exista una nueva enfermedad profesional llamada "renuncia silenciosa". De hecho, los propios investigadores subrayan que el concepto todavía presenta problemas de definición y que se solapa con fenómenos ya conocidos como el burnout, la falta de compromiso o la intención de abandonar el trabajo. Tampoco pueden determinar si la renuncia silenciosa es una causa de esos problemas, una consecuencia o ambas cosas.
La investigación tiene, además, una limitación fundamental: se realizó en un único hospital y en un único momento. Por tanto, sus resultados no permiten demostrar causalidad ni asumir que las cifras sean representativas de todos los médicos residentes. Los autores reclaman estudios multicéntricos y longitudinales que permitan saber si mejorar la supervisión, la protección frente a la violencia y las condiciones laborales reduce realmente la desconexión.
