La farmacéutica británica AstraZeneca y la estadounidense Bristol Myers Squibb (BMS) negocian una alianza transatlántica que originaría el cuarto mayor grupo del sector a nivel mundial con una valoración cercana a los 350.000 millones de euros. Según ha avanzado este lunes el Financial Times, estas dos empresas han mantenido contactos sobre una posible fusión a lo largo de los últimos meses. Estas negociaciones podrían culminar en un acuerdo en un futuro próximo, pero también podrían retrasarse o terminar fracasando, apuntan fuentes citadas por el periódico británico. Este movimiento estratégico busca consolidar el mercado oncológico global y sortear el vencimiento de patentes clave, mientras agita a los inversores y anticipa un severo escrutinio por parte de las autoridades antimonopolio estadounidenses ante el solapamiento de sus tratamientos estrella.
Ante esta noticia, los parqués financieros reaccionan con evidente asimetría frente a la magnitud del acuerdo planteado. Las acciones de AstraZeneca han cedido un 5% en la Bolsa de Londres para acumular un retroceso superior al 17% durante el último mes, mientras que los títulos de BMS repuntan un 6% en la preapertura de Wall Street y consolidan una revalorización anual del 21%. Esta divergencia refleja la estructura de capital de ambas entidades, donde la corporación británica aporta 264.000 millones de dólares de valor de mercado frente a los 133.000 millones de su homóloga norteamericana, trazando una operación que en la práctica supone la absorción de un peso pesado de Estados Unidos por parte de una compañía extranjera.
Eje transatlántico
Estados Unidos representa ya casi la mitad de la facturación de AstraZeneca, una dependencia que sustenta sus actuales planes de expansión pero que alimenta recelos territoriales en Europa. La compañía completó su salida directa a Wall Street el pasado junio en detrimento de los parqués londinenses, un movimiento estratégico para ganar visibilidad en Norteamérica. Este mercado resulta fundamental para alcanzar los objetivos trazados por su consejero delegado, Pascal Soriot, quien proyecta unos ingresos de 70.000 millones de euros para el año 2030 frente a los 51.000 millones obtenidos a lo largo del último ejercicio.
Ante la presión de crecimiento, Soriot ha argumentado de forma habitual que la corporación dispone del músculo orgánico necesario para cumplir sus metas sin depender de adquisiciones externas. El directivo ya demostró esta postura en 2014, cuando rechazó una oferta de compra de Pfizer por 82.000 millones de euros y optó por potenciar la división oncológica interna hasta convertirla en su principal motor económico. La integración con BMS, que también cuenta con un peso importante en el área del cáncer, pondría a prueba aquella defensa de la independencia corporativa. La resolución de estos contactos durante las próximas semanas dictará los términos finales de la transacción y definirá el domicilio fiscal definitivo de la nueva entidad resultante.
